Meme de mí

Quise hacer un meme de mí. Reírme, en principio, de la exageración de cierto rasgo que, por muy obvio que parezca, conviene mencionar en estos casos. Imagino hasta una puesta en escena típica, robada de alguna sitcom del momento, haciendo algún gesto, alguna reacción, acompañando las palabras que quedaran congeladas en esa imagen.

La burla vino luego, un poco solapada, eso sí, por una cuota de envidia, una fina envidia que sólo yo sé que está ahí porque es parte de los ingredientes que utilicé para componer la situación.

Una caricatura sobre un sujeto que conozco bastante de cerca, del que conozco su olor, su timbre de voz, sus padecimientos. Pienso en hacer un meme de todo eso que me chorrea por los poros. Los estados de ánimo fluctuantes, como una bolsa de valores. Sus complejos de inferioridad, o de grandeza. Su queja sonando como una radio mal sintonizada. Su interferencia toda. Su declaración de principios, de dudosa rectitud.

Todo ese revoltijo sonriente me produce odio, asco y fascinación. Todo al mismo tiempo. Una imagen surrealista del día a día a la que intento sacarle jugo. Me entrego a esa suerte, al destino, me meto en el primer pasillo oscuro que encuentro y arranco a caminar, a escribir al pulso de los pasos martillando con su eco en mi cabeza, al vaivén de caderas, a los brazos como asas con sus respectivas manos soldadas en los bolsillos, mientras por dentro me hundo y la noche se me cuela en la razón, como dijera el Darno. Me encuentro dibujado en los trazos de humo de esta falsa crónica. Pretendo amenizar, reírme de nuevo, desgranar sin apuro. Pretendo mostrarme y ser visto en todo este esplendor, en el brillo de marquesina de las palabras, en este paisaje sutil de sensaciones, en el río dorado del atardecer. Y que la imagen diga lo que haya venido a decir.

Por momentos me vuelvo spam. Siento que ya estuve, que ya hice reír, que ya dije demasiado. Repito y reenvío. Y vuelvo a pecar de basura.

Finjo imitar a un escritor. Imaginarle una vida, con sus vicios, sus horarios y sus largos silencios, su cavileo, su pose aburrida tras el humo del cigarrillo, rumiante, sus aires de spleen que no alcanzan a ser tales a pesar de su cara de culo, a pesar del pedo que le llega hasta la frente y la libreta en blanco frente a él. Finjo, como en un juego de espejos, cagándome de frío en una mesa de un bar sobre la calle Canelones, haciéndome la idea de estar sufriendo la vida del escritor que administra sus noches entre la humedad del apartamento -al que sólo vuelve cuando es necesario dormir- y esta misma mesa que yo curto ahora con el vaso transpirado y el paquete de tabaco, en esta noche helada, por donde se la mire, nada poética, en absoluto. Lo único real, además de la cerveza, es el frío. Finjo y me río de nuevo. Dejo una conversación inconclusa. Me propago, viralizo, me sumerjo en la banda ancha y agarro para otro lado.

Una imagen distorsionada. Una mueca grotesca. Algo que ya dije. Una intención deliberada de sacarle una sonrisa, a veces, a cualquier situación. Tal vez buscamos eso. Hablar en tercera persona, por un rato. Sentirnos parte. Saltar en el lugar. Hacer aspavientos. La burla es esa materia derretida que brota del lugar más recóndito, que revienta y recorre los pasadizos del sueño y del inconsciente como un río desbocado, cubriendo cada rincón, cada centímetro cuadrado de terreno. La burla, que a veces hiere aunque no busca herir, es una frase hecha que encierra un saber inquebrantable. La burla que nos embrutece.

De a ratos observo y soy observado, contenido, expulsado, repelido y traído de nuevo, como quien tiende una mano y salva a una criatura de caer en el vacío. Me veo reflejado en el movimiento de una herramienta, en un atuendo cualquiera, en una palabra en boca de todos a la cual le voy agregando -ya desentendido del todo- algún condimento propio imitando a otros, celebrando a otros, también infinitos, de su misma hechura.

Qué dice, al final, mi lengua. Qué digo por mis palabras, por mis gestos. Qué dice mi andar de mí y de mi entorno. Qué foto distorsionada quedó de todo lo dicho al principio. Y yo me río, finalmente, de todo. No doy excusas. No doy pistas. Simplemente escucho. Me siento y escucho. Y mastico. Y cuando me llega el turno, digo lo que tengo para decir, así como me sale, aquí, frente a todos ustedes. No llevo ancla. No llevo freno ni bozal. Sólo traigo una sonrisa recostada asomando a medio camino, pensando -casi seguro- en un próximo meme.

Abriendo la caja de Pandora
miércoles 15 de junio de 2022
radioseniales.com

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