Al encuentro del Flaco

Se lo puede encontrar a menudo de pie, tomando una en la cantina del club, entre el montón, abstraído en algún asunto sin importancia, masticando quién sabe qué clase de recuerdo, pispeando de reojo un partido de bochas, saludado por desconocidos, retomando una conversación, sonriendo, con pocas ganas, contestando el saludo con algún chiste trillado a modo de cortesía.

Quién es ese tipo. Cómo se llama. Lo conozco de años, paramos en el mismo lugar, pero apenas sé su apodo que no difiere demasiado de su estampa. Qué fue lo que lo trajo hasta aquí, en qué año llegó, no tengo idea. De lo poco que hemos conversado nunca pude sacar nada en concreto. De su vida se sabe muy poco. Sé que es comediante, que de joven estudió teatro y locución, y que por alguna razón que ignoro vino a heder a Malvín Norte, a la zona de casas con quintas y cañada con caminos de tierra, alejado de las luces de la avenida y del ruido de los camiones.

Pienso en ese sujeto de cabello oscuro y sombrero, con un brillo chispeante en el rostro, con la alegría de la infancia encapsulada en su mirada serena, siempre trajeado, de chaleco prendido y corbata, con los zapatos poblados de tierra. La sonrisa a flor de labios, el rostro cansado, alto y bastante espigado, la piel contra el hueso que se le adivina debajo de la camisa blanca, casi transparente.

Hay algo de leyenda en todo este asunto. El flaco supo de su época dorada en la televisión, del pelo y las solapas lustrosas reflejando las luces, del éxito y del poder de la palabra dicha en el momento justo en que la risa y el aplauso estallan al unísono. Aprendió a revolver magistralmente humores ajenos de los enemigos de turno. Hizo hervir la sangre o la bilis de sus colegas envidiosos. Supo agraviar y fue objeto del agravio en todas las variedades conocidas del lenguaje. Abusó del chiste para pocos, se regodeó con esos pocos, saboreó el veneno y el abismo. Se dice -repito: no sé cuánto hay de leyenda y cuánto de recuerdo- que lo andaban buscando para darle un cuetazo. Lo cierto es que se tuvo que ir a trabajar a la Argentina porque acá el mercado le quedaba chico. Viajó, voló alto y aterrizó de bruces. Al poco tiempo quedó sin un mango, desnudo, destruido. Mordió el polvo, chapoteó en su propia mierda, volvió de las cenizas y un buen día apareció de nuevo por sus pagos como si nada, mucho más flaco, reinventado, remendado y roto.

Como ya dije, no recuerdo cuándo fue que volvió a aparecer por acá. Yo también me fui, me volví y me volví a ir, así que no tengo una referencia precisa. Acá, en este mismo club, a menudo lo contratan para esos shows en donde la gente va a comer y no escucha la mitad del espectáculo. Se trata de una vieja cancha de basket, con pisos de madera, devenida un salón de fiestas repleto de mesas, de luces y de barullo de restorán, en donde nadie levanta la cabeza más que para llamar a los mozos. Allí, pertrechado frente a un micrófono, el comediante cumple a rajatabla con su guion, haya o no haya devolución del otro lado.

A juzgar por su semblante, parece que aprendió a reírse de sí mismo para curarse de la depresión. Ya sea reflexivo, ya sea autoflagelante, ya sea tristón, siempre hay una mueca que lo trae de nuevo, que lo pone a rodar en el pelotón.

En la cantina, donde pasa la mayor parte de las noches, le pagan sus actuaciones con pizza, con vino o con cerveza. Nunca con whisky. El whisky se lo cobran. Cuando el lugar está lleno, después de hacer su monólogo, el dueño le deja pasar el sombrero. Por lo general, en esos lugares no se paga cachet, sólo venden whisky barato y los cigarrillos, sin excepción, hay que pagarlos en efectivo.

De vez en cuando se lo puede ver apareciendo en la tele, entreverado en alguna vieja polémica, siempre esquivando todo tipo de zancadillas, ya sean delante o detrás de cámaras. No es la primera vez que intentan dejarlo mal parado frente al público. Aunque él, sonriendo y bien parado, siempre sale airoso, colgando una frase allí, en el ángulo, donde nadie llega, llevándose finalmente los aplausos de ambos lados de la pantalla.

En la calle, cuando lo reconocen, la gente le pide para sacarse fotos. Todavía conserva algo de aquella audiencia fiel que solía disfrutar de sus salidas, de su discurso y de sus chistes. Queda intacto, sin dudas, un viejo sentido de pertenencia por parte de quienes fueron felices bajo su influjo, bajo el sol descacharrante de sus disparates. En otras ocasiones, muy propio de estos tiempos, ha recibido insultos y ataques relacionados con su pasado, amparados en la impunidad que brindan las redes sociales, sin derecho a una réplica justa.

Como él bien sabe, es la risa quien acude al rescate frente al dolor. La risa como palanca para superar el sufrimiento. La risa que purifica los resabios del veneno. La risa que conjura los impulsos de la ira y los transforma en carcajada.

Nuestro personaje se vuelve tarde, pateando la noche entera en los caminos de tierra. Ha chupado más frío que el alcohol necesario para bancar la caminata. Son veinte cuadras por un descampado. Lo inundan el rocío, las ganas de mear, el ruido de los zapatos y el sueño de poder subirse a un taxi y de no tener que andar a pata todos los días, todas las noches. No ve la hora de llegar, de meterse en la pieza y acostarse sin más trámite. Borrar los recuerdos. Cerrar los ojos. Apagar la mente y tratar de dormir, con una sonrisa pintada en el rostro para hacer del sueño un lugar más liviano, un mundo más llevadero.

Abriendo la caja de Pandora
miércoles 22 de junio de 2022
radioseniales.com

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