El mismísimo Marcel Proust y Sun Tzu son quienes custodian mis dineros, la caja fuerte propiamente dicha, de estos, mis ahorros, que nunca llegan a ser a tales.
Ellos, mis ahorros, son la proyección de un mismo y heredado complejo de inferioridad: eso de nunca llegar a ser. La guita, que es todo un personaje, sabe muy bien que ella por sí sola puede cambiarlo todo en la vida de uno. No pienso, la miro y me convenzo. No se trata de un personaje de relleno, del que uno pueda prescindir, si no que tiene un perfil propio y un comportamiento acorde a los de su especie, y sus acciones, por lo tanto, afectan el diario devenir de quien escribe. Así es que esas dos columnas de papel recostadas -destinadas a otros asuntos- no son otra cosa que las que custodian todo lo que tengo, de acá hasta que cobre.
Los autores están en este orden porque fue el orden en que los iba leyendo. Primero me deslumbraba con Proust, paladeaba su estilo. Después Sun Tzu me hacía reflexionar, medir consecuencias y volver sobre mis pasos. Con uno, volaba. Con el otro, cuerpo a tierra. Con el primero, todo sinónimo de onanismo malsonante se encharcaba en la pluma de un maestro. Con el otro, la sensatez y la estrategia tomaban las riendas del pensamiento, su repliegue o su acción decidida.
Esos escuetos billetes que descansan apretados entre una selección de Crónicas y El arte de la guerra constituyen mi patrimonio fugaz, mis planes ficticios de futuras compras y felicidades incumplidas. Claramente el tamaño de la inversión no amerita semejante custodia, pero se dio así y los ejemplares, aún hoy, fungen en sus puestos. Dos libros cubiertos de polvo y restos de inciensos, un cenicero y sus puntas, un encendedor y un par de lentes viejos. Dos mundos enteros flanqueando un esmirriado librillo de historias sucias, de poco alcance.
De un lado, el murmullo de los salones de París y la crítica de su literatura. Del otro, el valor, la disciplina y la fidelidad de los generales para conducir a las milicias. En el medio, tres o cuatro billetes doblados que habré de gastar en los próximos días. Y bien digo, gastar, para atribuirme toda responsabilidad, para no esquivar el bulto. Es que, eso de andar esquivando el bulto lo hago todo el tiempo, desde el momento mismo en que tengo que levantar una pierna primero y la otra después para no pisar a ninguno de los que, buena parte del año, se apilan por las noches en el mármol de la entrada del edificio.
Al humilde librillo de billetes transpirados -que yo llamo, cínica y cariñosamente, inversión- lo acompaña una tira de papel doblada y anotada, sujeta con un clip, con una lista de gastos imposibles, rayados y tachados. La postergación de prioridades o la cancelación de regalos hipotéticos es lo habitual. Las cuentas básicas se amontonan, los cálculos se desbordan, las cifras engordan y la guita se termina mucho antes, mientras que la vieja y querida bicicleta se mantiene en pie y nos mantiene a nosotros rodando con ella. El dinero es casi un objeto de culto del que nadie sabe muy bien en dónde hallarlo, y por eso guardamos algunos pequeños ejemplares bajo la secreta esperanza de que algún día se reproduzcan. Quizás haya que ponerlos cara con cara y doblarlos aparte, para que puedan estar solos y hagan lo suyo. Quizás si juntamos billetes de distintas denominaciones nos traigan mucho cambio. Pero no. Nada sucede. Parece que lo único que les sale hacer bien es partir, tomarse los vientos, dejarnos a todos en bolas.
Suena un poco extraño. Pero, entre la minucia de un narrador sobre las transiciones en el tiempo y el espacio del recuerdo y del presente, y el cultivo y florecimiento de las naturales cualidades que habrán de templar el cuerpo, la mente y el alma del guerrero, están los mil quinientos pesos que alguna vez logré guardar del mes anterior para usar en quién sabe qué cosas y que terminaron esta mañana en las manos de la cajera de supermercado, y que no volveré a ver hasta dentro de once días.
Pensar que estos dos autores puedan estar conversando entre sí me lleva, por suerte, a otro plano, me da un respiro. Estos dos, que hasta hace un rato custodiaban mis finanzas, continúan en sus puestos como si nada, recostados, fumando, en su estante, volviendo a su asunto de origen, cada uno con una copa, disfrutando de su tiempo sin tiempo, hasta la próxima fecha de cobro.
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