La tarde enciende las siluetas, los rostros se borran. Las voces desfasadas, el aire lleno de respiraciones. La totalidad de los presentes escribe salvo uno que salió a fumar. El resto está concentrado, atrapado en alguna frase que no los suelta, como si la punta de la herramienta estuviera hendida en el papel, soldada, sin poder terminar de resolver una última frase. Son diez minutos de pura adrenalina, entre mates y copas.
Algunos transitan un viaje incontinente, completan carillas enteras con letras redondas como bailarinas, llenando las distancias a pura pirueta. Yo, que siempre amé la letra de los otros, nunca pude amigarme con la mía. A todas les encontraba algo: la forma, la altura o la inclinación, la gracia, la elegancia o la pequeñez de garrapatas amontonadas. Todas bellas letras, cada una a su modo. La mía, en cambio, rozaba el exabrupto: una sucesión envidiosa de líneas rectas y torcidas, todas mayúsculas, un verdadero monumento a la rigidez.
Sobre la mesa hay codos y antebrazos, miradas colgadas, versos desordenados, celulares, tazas y lapiceras, tachones y frases sueltas. Hay el interregno y la ceremonia, la dedicatoria, la duda y la exposición. Hay una cirugía a corazón abierto en cada libreta. Cada renglón se juega como si fuera el último. Está quien deletrea, quien cuenta las sílabas y los versos. Está la que se distrae, la que hace dibujitos, la que toma mucho mate, y el que se levanta veinte veces al baño. Está la que ya terminó y se pone armar tabaco. Está el que abandonó el barco y ahora intenta -sin éxito- retomar el texto, anotando y tachando, y volviendo a tachar.
Esperamos a que el último termine y nos disponemos a leer, a callar y a escuchar al otro. Se oye el humo recién exhalado y el silencio de los que apenas respiran para no interferir en lo más mínimo. Una lectura en ronda, sagrada, recién paridos los textos, una cachetada tras otra y silencio, yendo y viniendo. Silencio. Se levanta la sesión.
Los cuerpos se desperezan, se abrazan, sonríen. Algunos se despiden. El resto conversa con el calor en la cara de las recientes lecturas. Servimos una copa. Suena Nina Simone. Unos bailan, otros fuman, otros canturrean echados en un sillón. Uno -medio rayado- se quedó en la mesa escribiendo. Parece que no hubiera podido despegarse de la hoja. Escribió, leyó, salió y se abrazó, dio una pitada y se sentó a escribir de nuevo. Quedó enganchado, a veces pasa. Es algo más fuerte que uno. Ahora rellenó la copa, parece que tiene para rato. Es esa suerte de incontinencia, cuando le vienen ganas, no puede parar. Suena Amy Winehouse.
En la terraza, la noche trajo grillos y luciérnagas de humo, conversaciones de tabaco y platitos. Copas en mano, las siluetas se recortan sobre el fondo de lucecitas. Las caras se llenan de risa y festividad. Las voces se sueltan. La noche promete. La ciudad se adivina, asordinada. La imagen se desenfoca, los bordes se disuelven. Las voces se funden con el volumen de la música y el mar de fondo.
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