Por delante nuestro, la murga explota y sus esquirlas brillantes salen gritando en todas direcciones. La gente aplaude y saluda. La batería se escapa y avanza, tirando del carro, hacia el infinito. La fiesta popular empieza ahí, cuando el murguero se lanza al recorrido, como la primera vez. La felicidad, en estos casos, es una sensación pomposa, y volverla a vivir con La Mojigata, es la mayor de las felicidades posibles.
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Este año, un viejo murguista hace las veces de dueño. Le tocó desfilar de particular, realizando el trabajo que hacía el Licho. En sus manos, va una bandera del sindicato de maestras de Montevideo. Junto a él, en una punta y en la otra del recorrido, la Chiqui, María y Luciana son las encargadas de hacer que la murga se mueva como un relojito. En algunas esquinas, los organizadores -planilla en mano- llevan el tiempo de cada conjunto. Los jurados, en sus respectivos puestos, observan todo con atención. Los trabajadores de la televisión, de las radios, los fotógrafos, los municipales y los tercerizados, se entreveran entre la gente y los conjuntos. En los palcos, las autoridades, los invitados y los turistas.
Para con todos ellos, Licho, siempre tenía una palabra de cordialidad y respeto. Su sonrisa sonora y su amabilidad siempre dejaban bien parada a la murga. Y a mí, un viejo queyala de otras batallas en común, Licho me enseñó que el verdadero militante es aquel que cultiva las relaciones humanas, que las riega y las sostiene, por sobre las diferencias. De eso él sabía un montón y ahora le toca a Joaco la difícil tarea de suplirlo. A donde fuera que la murga tuviera que ir, Licho siempre tenía un contacto, un amigo o un compañero a disposición para resolver cosas del momento. Son para él, entonces, estas pocas palabras.
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La felicidad está en las cosas sencillas, clisé y pico. Salir a desfilar con la murga es algo que se hace con todo el cuerpo. Es una forma de flotar, todo el trayecto, aunque sea llevando un cartel. Es ir bailando y tratar de seguir el juego de la batería -que tenía un segundo platillero, disfrazado de censista, que tocó y que bailó de punta a punta-: pasar del tres al cuatro, del pericón al reguetón, y luego al candombeado y así hasta el final, trastabillando, riendo, de la propia torpeza y de la cara de los murguistas que me ven y que se cagan de la risa frente a mis fallidas piruetas.
Entiendo que algunos no gusten del desfile, que les parezca un cansancio innecesario, y que lo hagan por obligación. Es una pena. La felicidad -este clisé, insisto, que a veces pica bien abajo del ego y que impide a quien lo padece disfrutar de la fiesta- empieza ahí, en la calle. Se trata del primer contacto con la gente. Y eso, para La Mojigata, no es joda.
El desfile es jugar, es cantar, es bailar, y es hacer participar al público. Es el primero de los rituales que esta murga rinde con reverencia y humor al mismo tiempo. La pasada se prepara con antelación y se ensaya ese mismo día, antes de salir del Capurro, como parte de los preparativos.
Es Manu quien ordena las piezas: la murga de este lado, los censistas de este otro, los del pericón por allá y la batería más acá; los carteles abriendo y cerrando el imaginario tramo de 18 de julio sobre una cancha de césped sintético. En eso aparece Lalo, quien, un rato antes, nos daba la bienvenida (y hacía sonar la clásica sirena del megáfono que nos acompañará jornada tras jornada durante los próximos cuarenta días), arenga ahora a los participantes con sus mejores deseos, y nos conmina, de paso, a salir a ganar este desfile, que la murga anda corta y estamos precisando la teca. Ese deseo, horas más tarde, habrá de cumplirse. En la interna, todos saben que Lalo es el único de la murga que se comunica con Momo, y en ocasiones -solo él sabe cuándo- nos trae la palabra revelada.
Para algunos es su primer desfile, para otros, no tanto. Diego Andrés, un Mojigato de la vieja camada, es quien hace las fotos. Laura, al igual que Lalo, Nacho y Ann-Marie -quien vuelve a pintarse la cara después de quince años- son también de las primeras épocas.
Luciana y Ale, con sus tres niñes, desfilan por primera vez. Familia completa, felicidad redonda. La alegría y el cansancio se funden sobre la avenida. Si bien la jornada ha sido larga, nada se compara con salir a desfilar en el carnaval más largo del mundo. Integrantes de la federación de profesores de secundaria, de los trabajadores de la enseñanza privada, de la química, vecinas y vecinos de Capurro se reparten entre censistas, bailarines de pericón e imitadores de don Jaime Roos (entre los cuales, según reza un letrero, uno de ellos era el verdadero). Isa y Julia, las otras dos pequeñas que nos acompañaron, eran parte del plantel de encuestadoras. Mi amigo Agustín, era uno de los Jaimerroses ataviados con la camiseta celeste.
A lo largo del trayecto, censistas y murguistas abordan al público con preguntas como: «Cuántos tapers tenés en tu casa y cuántos son de helado». La gente ríe, se sorprende y festeja las ocurrencias. Van quedando pocos. Somos uno de los últimos conjuntos en desfilar. Sin embargo, no quedó pareja o grupito de personas que no saludara y agitara al pasar de la murga. Alegría de cantar y de encontrarse. Alegría de cosas tan simples como ver pasar a los murguistas, verlos de cerca, pedirles una foto y hasta cantar con ellos. Todas esas cosas que irritan a cierta prensa carnavalera, de rancia y vetusta, que se auto percibe entendida, y que, al final del día, sus opiniones no le importan a nadie. La fiesta es en la calle, y es con la gente.
Amalia nos espera a la llegada, nos abraza y se emociona. La murga se sube, la murga canta. Desde la tribuna, Glenda, vieja mujer guerrera y amiga de la murga -que este año había desfilado con Doña Bastarda-, nos arengaba como el primer día. Hacia arriba, un gran techo de infinitas luces se unen en un punto, un par de metros por debajo de los pies de la dama de la Libertad, quien juna, desde lo alto, que todo transcurra en orden, y vuelve a su posición original.
Hacia el final del trayecto, bajados del escenario de la Plaza Cagancha, la murga recorre la última cuadra, haciendo cantar y saltar a propios y extraños que dan cierre a la parte formal.
Atrás queda la avenida iluminada y decorada. Por delante, la innegociable postura de vivir la felicidad de la fiesta una vez más, hasta la última gota. El eco de un coro, el rumor de la bata sonando como una serpentina interminable, irán prendidos al cuerpo.
La bañadera nos espera cuadras abajo, en la semipenumbra montevideana. A la ida, fue el sonido de las melódicas el que acompañó con canciones. A la vuelta, Migue toma la guitarra y alterna entre versos de Evaristo y canciones de la Vela. Al igual que otros, él llegó mediante uno de los sindicatos que apoyan a la murga. La vuelta en el bondi nos encuentra entre perchas sin trajes, torsos desnudos, maquillajes a medio quitar, vasos transpirados, botellitas de cerveza vacías y algún que otro beberaje que intentamos encanutar sin éxito.
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Sobre las 4:30, en el Capurro, la más grande de las niñas pregunta: «¿en qué radio pasan los resultados?», despertando la risa de los más grandes, entre la montonera de abrazos y los niños que ya no son niños, adolescentes, todos más altos que yo. Pasadas las cinco y media, ducha mediante, me tiro en la cama rendido y feliz, con un cansancio indescriptible, sin lograr pegar un ojo. Ya sobre las ocho, con el sol de punta en la ventana, me llueven los mensajes con la noticia. La profecía de Lalo se cumplió. Habíamos ganado otra vez, la murga había cumplido con creces con la primera parte de la ceremonia. Era mi tercer desfile y la segunda vez que me tocaba ganar. Días después, Martina, la niña pequeña que conocí allá por el 2010, me dijo bajito, en tono burlón: «con este llevo ganado seis».
Despierta de la gris normalidad, la felicidad es esa cualidad intangible que solo se alcanza a comprender cuando uno se mete adentro de la murga.
Damián Musacchio
(Ex utilero. Bagayero de las Bellas Letras)
20 de febrero de 2025

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