Quisiera despejar dudas:
La decisión de usar esos dos bastones
fue solamente mía.
El ser y el sujeto
quien escribe o quien habla.
Llegado el momento, seré yo quien cuente la historia, al menos en parte, de lo que ella alguna vez creyó haber escrito, pensó en hacerlo, y ya ni siquiera recuerda habérselo contado a alguien. Ese tipo de confesión, el desnudo alegato, su tendencia a la derrota, siempre de pie, dolorosa por definición, ardiente y comprometida hasta el final. Será el tiempo, no obstante, el que deje que las cosas encastren según su forma, sin forzar las palabras que circundan la realidad, sin obligar a nadie a salir de su espiral impenetrable. La confesión de un hombre sin fuerzas, auto proyectando su desdoblada imagen de renuncia. En última instancia –mediando una antropología berreta del paternalismo reinante- es él, quien elige caer desde lo más alto.
* * *
Quedé totalmente en blanco al punto de perder toda noción. Me encontré conmigo, cincuenta años después de la primera novela. Hay días que cuesta mucho controlar el temblor del esqueleto. El cuerpo se vuelve una cosa totalmente errática. Igual escribo quince, veinte minutos, me recuesto un rato, doy una pitada, y un par de horas más tarde repito la operación: escribo, me recuesto y fumo. Otras veces me arrastro, sencillamente. Por eso no quiero fotos, ni ser filmado.
Mis últimos escritos serán así. Fragmentados, ilegibles, pedazos de historias que irán a ocupar el estante de las inconclusas. Prefiero este legado tembloroso -de mi propio puño, de esta humanidad en ruinas-, a ese recorte parcial, caprichoso, reproducido hasta el infinito. No quiero que me pase como a Deleuze, que quedó atrapado entre la cámara y el espejo, mientras se explayaba frente a la periodista.
Él nunca supo que aquella mujer que enfrentaba en la entrevista era la misma que lo observaba detrás, mirándole la nuca, desde el silencio del espejo. Nunca sabrá que mientras entregaba aquella confesión había una mirada impostora que medía sus movimientos y calculaba la mordida, antes de perderse por un minuto en la poblada caspa del cuello y los hombros de su camisa. La mujer, corría la boca hacia un lado, sin despegar los ojos del entrevistado, para no descargar todo el humo del cigarrillo en plena disección argumental, en pleno análisis minucioso de aquel diccionario imposible.
Por lo que a mí concierne, desde hace un buen tiempo ya los nervios no me arden frente a la ingenuidad sostenida de los demás. Y aunque tengo recaídas, sigo creyendo que la gente no tiene arreglo.
Intento no mirar alrededor, no escuchar, no emitir sonido. He perdido toda esperanza, toda compasión, todas las ganas de ayudar, empujar o enseñar, como hice hasta ayer mismo. Mi cuerpo es cada vez más fofo, mi voluntad embobecida. Me voy ensimismando, me voy dejando llevar por mis escondrijos.
Ahí me podrán encontrar parado, con la ropa suelta, el pantalón con elástico hasta el ombligo, los zapatos blandos, el andar torpe, luciendo colores calmos de la edad.
Llegado el momento podré hablar y decir lo que se me cante, sin una gota de culpa, porque a nadie le va a importar. Lo escrito, escrito está. No es más que eso. Ya no me pertenece. Puedo estar tranquilo que aquí ya no hay oídos dispuestos a todo. Me escudo en el hilito de voz que me queda, y en esa sordera cerrada que ahora es real. Como viejo estratega, quietito y junando, me gusta sacarle el jugo a la adversidad, y volverla contra los otros.
La vista borrosa se pierde pecho adentro. Por momentos parezco el mismo pibe de la escuela. Un guacho atrevido y sin contención, que rompía todo lo que tocaba, y que, de alguna manera, seguía viviendo en aquel mundo que había puesto patas arriba. Siempre con la percepción de estar visitando por enésima vez algo que en algún momento se dispuso a escribir, sin sospechar siquiera que terminaría grabado en su mesa, hundido, en un bajo relieve infinito, una y otra vez, página tras página.
Escribir cansa, claro está. Pero más cansa comprender esta cualidad senil, la escasez de paciencia y las manos manchadas y arrugadas que ya no sirven para mucha cosa. Hay un cansancio anterior, amontonado, de las épocas en que uno comienza a quedar paulatinamente por fuera de todo. Un cansancio no anunciado, previo a la melancolía, un goteo lento, que todo lo cubre, un beso silencioso envenenado de hastío, la tarde definitiva.
Sigo cantando aquella vieja canción, la misma de siempre. No me da miedo, nunca lo tuve. Pues es, esta, una de las tantas pequeñas batallas que mantengo, y quizás la única que puedo sostener todavía sin rendirme. Todo lo otro es pura ficción. ¿A quién le importa la historia real documentada de lo que ocurrió? Sólo quedará el mito, el relato mismo, y la decisión más arbitraria de contar lo que a mí se me antoje.
Usted y yo lo sabemos. No importa qué pasó. Sólo quedará lo dicho, y de ello, una parte. Si se quiere, una falsa reivindicación, o el eventual desmentido de eso que supuestamente ocurrió. Eso nadie lo sabrá. Nunca. Ese es el juego.
He pasado mis últimas décadas blasfemando, discutiendo con todo el mundo, engañando a la gente, haciéndoles creer que peleaban contra algo, manipulando los estados de ánimo y hasta el estado mismo de las cosas. Una realidad fabricada, pacientemente, desde mis oscuridades latentes, ese lugar tan cómodo y calentito, que tanto recuerdo.
Aquí estoy, rodeado de algunos fantasmas. Los libros nunca leídos, junto a algunos despojos de viejos enemigos. Seguiré poniéndole carne a esto hasta el final. Mis amigos han muerto hasta en las fotos. Estoy solo, como nunca antes había logrado estarlo, desprovisto de todo, con todo el tiempo del mundo para escribir. Da lo mismo reposar acá, o del otro lado.
Damián Musacchio
en Montevideo, el 09 de octubre de 2014
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