Dos tipos se sientan a mi lado, en un bondi, una mañana de un sábado cualquiera, rumbo al taller de cine. Uno se ubica al lado, el otro delante. Luego de observarlos un segundo, descubro que un tercero subió conmigo, en la parada de Garibaldi. Los tres son corpulentos, aseados, distintos del resto y distintos entre sí, coincidiendo y moviéndose en conjunto, automáticos. Los tres van ligeros -celular y billetera- aunque con una extraña inquietud en el rostro, en el porte, siempre alertas y tensos, fingiendo no estar pensando en nada.
No muestran signos de cansancio, ni resaca. El de atrás -el tercero en cuestión- observa mis movimientos con discreción. Mira al primero, inclinando apenas la cabeza. El primero mira a los ojos al segundo, sentado a mi lado, y este, afirma, bajando la vista al suelo. Yo veo la escena entera -de refilón- por el reflejo de la ventana, y otro poco pispeo de soslayo, buscando acomodo en el asiento, mirando como quien no mira.
Hecho el trayecto, los tres se bajan conmigo y caminan con naturalidad, se mimetizan en su trajín. Antes que llegue a la esquina, y sin percatarme, sosteniendo el ritmo calmo de la caminata, tengo el caño de un chumbo en el medio de la espalda y la voz de uno de ellos que, amablemente, me pide que los acompañe.
Segundos antes que aparecieran estos tres, venía pensando en el dilema de la ventana, en el transporte público, en la libertad de querer mojarse o no, o morir asfixiado, todo en un mismo trayecto. Venía anotando un refrito de la semana que se vistió de sábado. La gente va en otra, o al menos lo intenta. Alguno se malhumora. Está el derecho y el otro, y el derecho del otro también. Es una comedia negra, venenosa, repetida.
Yo revisaba las notas para el taller, subrayaba y anotaba. Venía escribiendo lindo. Era algo sobre una chica, de la película en cuestión. La escena era en un ómnibus. Dice así: «…era ese lado oscuro, precisamente, lo que más me atraía de ella, de su personaje. Su fina maldad, su cara recostada a la ventanilla, la frecuencia secreta de su mirada. Su perspicacia absurda. Su celo feroz. Su angustia impregnada hasta los huesos».
En la película, el aire del bondi estaba viciado de mediodía. Ella se recuesta, los vidrios están sucios. La gente va exhausta, cargada de bolsas o de apretados atuendos laborales. El ómnibus, de a ratos, se sacude. Afuera llueve, el aire es espeso, las ventanas borrosas escurren gotas. La gente se acomoda como puede, luego de cada maniobra. El chofer volantea y canta, sin importarle nada. El bondi va en silencio, pero él va de auriculares, haciendo cualquiera. El único ruido es el motor, la mecánica y los fierros. La gente se agarra y se tambalea. El aire se llena de gotas y bocinazos. Ella golpea su cara contra el asiento de adelante. La imagen, se funde a negro, se vuelve humo.
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