Un lunes como este

La esquina de la calle Arenal Grande me recibe como tantas noches. Sillas afuera y adentro, bastante concurrido. Es fin de mes, aunque la realidad diga otra cosa. Frente por frente una cervecería muestra la misma composición: mesas con gente, fumadores y charlatanes de capucha, grupitos de dos, de tres, de cuatro. Fuman, vapean y vuelven a lo suyo. Otros se enroscan y prefieren seguirla en la vereda aunque haga frío, vaso en mano, relojeando el tránsito, esa peligrosa mezcla de apurados e imprudentes que manejan sin dejar de mirar su celular.

Las doce cuadras, todas en repecho, que unen el corazón de Palermo con la cima misma del Cordón, le abren la sed a cualquiera. El aire húmedo, la calle mojada, la noche en su cumbre, allá arriba, detrás de las luces y los edificios.

El irlandés doble -el preferido- deja sus primeras notas adheridas a la parte de atrás del paladar, bien en la base de los pensamientos. Ese irlandés, que se fue poniendo de moda y ganando paladares con el paso del tiempo, es el mismo que hoy muchos curten sin saber del todo cómo se toma, ni de qué está hecho, ni a qué debe su sabor. En el fondo de mi corazoncito ortiva les asiste la razón: saben que un amarillo como ese no los va a defraudar.

Qué es lo que uno viene a buscar, nunca se sabe. Una pregunta sin dos respuestas iguales. Un encuentro con ella, improbable, cada tanto, como aquellos otros lunes que nos encontraban aquí, bien tarde en la noche, veinte años atrás, con una chela y un fainá, discutiendo un informe, o congelados después, en una parada, esperando el nocturno. Hoy no, no es un día de esos.

¿Y enconces? Una rutina, tal vez. Una más. Una búsqueda simple y llana de algún recuerdo perdido entre estas mesas, con un poco de alcohol, para intentar quemar el veneno encendido, o tal vez azuzarlo, todo eso mezclado con una transmisión deportiva que no deja escuchar ni los pensamientos. Tantas veces la noche remite a esto. El ir y venir de vasos, platitos y botellas, el murmullo del salón, y el aburrimiento del televisor, con alguna porquería que no quiero ver pero termino viendo igual y de paso comentando, junto al resto de los presentes, entonados algunos, fanáticos otros, tiradores de fruta, sabedores empedernidos de una maraña de datos irrefutables que no aportan un carajo. Por suerte, tampoco hoy es de esos días.

A decir verdad, jornadas largas como estas empiezan minutos antes de las seis, frente a un espejo empañado, maquinita en mano. La radio que murmura los primeros acordes, todavía borrosos. Una toalla descansa en el hombro. La voz finita del Mago. Una bombita mancha la escena de luz. Afuera es de noche, como ahora, pero mucho más temprano.

Los lunes son días largos y el que hoy les narro pasó por todos los estados posibles hasta recalar, en este punto del mapa, pasadas las once de la noche. Un lunes como este merece un final de brindis, un rato de afloje y un buen resumen de goles del torneo argentino.

Doble y sin hielo, por favor. Levanto esa segunda ronda en honor al encuentro, a la celebración de la palabra que cada noche de lunes -perdón la recurrencia- discurre en torno a una mesa, donde la gente se junta a escribir y a descifrar los pormenores de su escritura, sus temas y su objeto. Los talleres son eso, puntos de encuentro. A propósito, qué mejor lugar para tomar algunas notas efusivas y completar una carilla con dichas impresiones. A quién le importan las horas y el cansancio. Total, siempre habrá una frase por plantar, un sentido por hacer crecer.

Y es que después de una buena dosis de escritura en colectivo la caminata se hace ritual. Bajar a tierra, respirar la ciudad mientras el cúmulo de sensaciones se acomoda según su necesidad. Y el whisky, como coronación de lo excelso, reafirma o descarta lo que cree conveniente: una buena foto, una frase tachada, una metáfora muerta, unas flores secas dibujadas en el borde de una página y el aroma inconfundible de la tinta. Releo estos apuntes, completo una carilla y bajo la cortina -me digo, muy en silencio- hasta el día siguiente, caminata mediante, ducha y al sobre, que mañana hay que madrugar también.

Pero la cosa no queda ahí. De entre las mesas con gente hay una más al fondo que me llama la atención. Son casi las once y media. Allí, dos tipos se reparten las penas frente a la amada en común, terciando ella, en la misma mesa, tomando la mano de uno y apretándola entre las suyas, hablándole a los ojos, mientras la mano del otro se desliza ida y vuelta, de lo más natural, por debajo de la mesa, acariciando el muslo deseado de la muchacha.

«La cosa viene tranquila» me cuenta el mozo, por lo bajo. Ella le habla suave a uno de ellos, al que tiene enfrente, quien a su vez, se excusa y retruca, pero no insiste. El otro, ladeado en su silla, en medio de ambos, escucha distraído, con la vista perdida en el suelo, relajado pero atento, a cualquier reacción. «De ellos no sabemos nada, nunca vienen por acá». Yo no los tengo vistos, acoto, con la cabeza pesada y me desentiendo, todo en un mismo gesto.

Los lunes suelen ser días bravos -pienso en decirle al mozo, pero no alcanzo a emitir sonido- y algunos prefieren echar los demonios afuera de entrada, cosa de andar livianos el resto de la semana. Un puterío menos, un asunto resuelto y a otra cosa. La conciencia lo más limpia posible.

El trío de la mesa del fondo se desarma. Uno de ellos se mete en el baño. Los otros dos salen a la vereda a fumar, a robarse algún mimo antes que vuelva, quien ahora deduzco, es el tercero en cuestión. En la tele, en otro canal, se juegan los últimos minutos de un partido del Metro. La diferencia es indescontable.

El olor a perfume que dejó la parejita a su paso inunda el salón. El aire húmedo se cuela cuando abren la puerta. El viento se arracha, de a ratos llueve. Él, un veterano con saco de pana con parches en los codos, camisa apretada y panza prominente, lleva perfume en cantidades industriales.

Ella, toda de jean y botas altas, reluciente, algo menor, visiblemente más entera que él, parece llevar la misma cantidad de perfume que el señor que ahora la mira con dulzura y la intenta cubrir con toda su humanidad de la llovizna.

El tercero en cuestión sale, se prende un pucho, y al tiempo que levanta una mano por pura cortesía, a los otros dos no les prende la camioneta, y le pegan el grito para que les ayude a empujar el armatoste blanco, que parece salido de una película espacial. No pasan veinte segundos que los tres están empujando aquella nave sin luces, como si fueran chorros, perdiéndose al trotecito torpe por la calle Guayabos.

De nuevo en el salón, en una mesa contigua hay una señora abrigada, con la cara muy hinchada, como un efecto no deseado de algún medicamento. De a ratos encorvada, tirando a tullida, de a ratos coherente, estática, de a ratos insegura. No sé si es por la bebida o qué, pero lo cierto es que cuando habla la señora parece que se abre y se enrolla, hacia afuera y hacia adentro, y cuando camina, casi que corcovea.

Después de mirarla un rato, me doy cuenta de que es así, que su tranco viene con juego y que seguro es la consecuencia de alguna gran nana que tuvo, o un conjunto de nanas, o un siniestro grave. Lleva la boca de rojo, la cara de unos cincuenta y tantos, muy mal llevados, los ojos celestes muy claros y negra la línea.

La doña se da vuelta de repente y me da conversación. Al verla de frente constato que tiene mi edad -o tal vez menos- y ella lo sabe. Se acerca a mi mesa. Luce apocada, algo rota, a pesar del impecable atuendo y el discreto perfume. Parece una profesora, maestra jubilada, pero no. Tiene en su rostro el brillo de los tempranos años noventa, de los conciertos en la playa, de las caminatas infinitas y el radiograbador al hombro. Siento que de algún lado la tengo vista.

Afuera Montevideo llueve y todavía es lunes. Los semáforos se repiten en soledad. El agua se amontona en las bocas de tormenta llevándose la resaca del día más largo del mundo.

Los deliverys andan en bici y sin campera cuando los agarra el agua. Son prácticamente los únicos en la calle a esta hora, cuando la avenida duerme. Los pibes salen y vuelven empapados, con un celular colgado al cuello, una especie de talismán todopodero del que no se pueden desprender, que funciona como una suerte de cárcel que los asfixia bajo el yugo de la libertad y la conexión, los pedidos y los reclamos de los giles que, como yo, piden comida al bar que queda en la esquina de su casa. El aparatito sí, tiene protección, es una cuestión de prioridades.

Adentro, la doña se despide entre vozarrones y carcajadas de bruja, maldiciendo y recordando el día aquel, en que entró por primera vez en esa cueva, en la época en que estaba prohibido cantar, y que por alguna extraña razón se sintió a gusto, en el rincón más inhóspito del lugar. Aquel mundo estaba ahí, a su alcance, cada noche. Entre chanzas y abrazos con los habitués, deja un billete doblado en el tarrito con la propina y se lleva una muzza y un fainá para el desayuno. Los chistes se suceden. Las balas no la tocan.

Desde la puerta, saluda al resto con una mano enguantada y girando su atención hacia mí, junando el salón de reojo, deja una reverencia de sombrero, seguida de un «hasta luego» flotando en el aire para quien lo quiera hacer suyo.

El adentro y el afuera. Una página más. Otra noche de lunes apretada en la libreta. Pido una botella de agua, pago lo que debo y esta vez sí, esperando que amaine un poco, emprendo la caminata de vuelta.

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