Sus buenas razones

Los otros días me encontré un sobre asomando debajo de la puerta. Adentro, una hoja de cuadernola, doblada al medio -donde habían otras tres hojas, pequeñas y alargadas, arrancadas de una agenda, numeradas y escritas por ambos lados- rezaba lo siguiente:

Vecino, usted me puede ayudar. Yo sé que usted escribe en un diario y que trabaja para los comunistas. Eso no es asunto mío. Lo único que yo le pido es que cuente y publique esta historia lo más fiel que pueda. A usted le van a crecer, a mí no. Yo ya no tengo otra que cagarlos a trompadas.

En la carta, el vecino da cuenta del escándalo que se armó cuando él, en plena campaña electoral, utilizó su balcón para expresar sus ideas y sus colores. Balconeras primero, carteles y banderas después, algunos vecinos se molestaron e invocaron una normativa de la época de la dictadura para exigir el retiro inmediato de las mismas. La tienen bien adentro fue lo primero que pensé, mientras buscaba una razón genuina para tal encono.

La misiva estaba organizada, cronológica y prolija, con pulso tosco y letra mediana. En ella me contaba que, precisamente, a raíz de unas banderas que colgaron de su balcón durante la última campaña, había sido duramente cuestionado por algunos vecinos y él había decidido contestarles, pegando carteles anónimos en la puerta de entrada al edificio y en el espejo del ascensor.

La cosa empezaba bien. El primero de esos carteles rezaba, con la misma letra tosca y subrayadas las palabras: «Hoy es quince de febrero de dosmilveinticinco [sic] y es un día de fiesta: se cumplen 40 años de la recuperación democrática. Vecina, vecino: ¡saque su bandera y que viva la democracia!».

Horas más tarde, después de recibir varios insultos en su celular, gritos en los pasillos y hasta alguna patada en la puerta, -que prefirió ignorar, para bajar un poco la pelota- apareció otro cartelito pegado más abajo, con mucha cinta, tirando por tierra todo el espíritu de su prédica anterior. «LOS FACHOS NO PASARÁN», todo con mayúsculas. Y la tormenta de comentarios no tardó en estallar.

Los celulares ardían, dentro y fuera del edificio, con largas exposiciones y lamentos de haber nacido bajo el mismo cielo. La mano se había puesto pesada y este vecino, -un tipo tranquilo y callado, laburante y estudioso, que nunca se metió con nadie y siempre dio una mano- había resuelto ir a dar la cara frente a los cocoritos del chat.

A la semana siguiente, en la asamblea de consorcio convocada con carácter grave y urgente, nuestro vecino se presentó, pidió permiso y fue autorizado a dar lectura de esto que, como él mismo dio en llamar, son sus buenas razones.

«Buenas noches. Mi nombre es Fulano de Tal, y soy el inquilino del apartamento doscientos y tanto, propiedad de la señora de camisa punzó, aquí sentada, a mi derecha -acotó, hablando por encima de los lentes. Ante las reiteradas molestias por las banderas en mi balcón les cuento que no estoy invadiendo el espacio de nadie. Aprovecho esta oportunidad, que por demás agradezco, para contarles que no las voy a retirar. Punto primero.

Lo segundo. Para aquellos que no saben -y que están en su todo su derecho de no querer saber, aunque el desconocimiento no los exime de cumplir con la norma- ningún reglamento de ningún edificio puede ir en contra de la Constitución de la República, pues se trata de la norma de mayor jerarquía. Ningún reglamento, repito, puede negar derechos que en la Magna Carta se consagran. Son simples actos administrativos, son normas de tercer orden. Por lo tanto, su reglamento, carece de todo valor».

Durante los primeros tramos de la lectura la mayoría estaba mirando su celular. Los pocos que prestaban atención murmuraban entre ellos. El murmullo se volvió queja y fue sumando adeptos que a su vez comentaban sin saber muy bien lo que dijo en hablante.

«Tercero. A la gente hay que tratarla con respeto. Los inquilinos no somos ciudadanos de segunda. Somos vecinos, como el resto de los que aquí viven. Por lo tanto solicito, amable y firmemente, dejen de joder y de agredir a los vecinos que trabajan, que estudian y descansan en sus casas, con esas largas y venenosas conversaciones por chat, a toda hora.

Son inquilinos, que no jodan, decía en el grupo del edificio, los otros días, una mente pobre y sin alma, detrás de un número y una foto de perfil. A juzgar por lo terraja de sus palabras, tal vez se trate de alguien con escaso sentido de la dignidad. Y permitan que me detenga en este punto.

La pobreza de estos dichos es tan honda y triste como la otra, la de los que duermen en la calle, en la puerta misma de este edificio, sobre el mármol centenario de la entrada. Para el caso de los ilustres agraviantes, lo marginal pareciera ser su relación con la propiedad propiamente dicha. Ver su nombre escrito en papel membretado es similar a la kriptonita: les inhibe el pensamiento y toda pulsión sensible. Se vuelven hostiles, bocasucias, autoritarios. Se ve que tener una casa les hace crecer la chota, o las tetas, y por ahí andan después, mostrándoselas a todo el mundo. Y no juzgo, me atengo a lo que veo, a lo que nos muestran».

A esa altura el murmullo había mutado en gritos e interrupciones.

«Por esto la insistencia. Basta de prepotear y de atacar a los vecinos. Si lo que quieren es no ver banderas en el balcón del segundo piso sobre la avenida, no las miren. Y si alguno osara intentar quitarlas, que se haga cargo de sus actos, y después a llorar al cuartito».

Luego de una breve discusión entre los asistentes, el hombre retomó.

«Por último, volviendo al asunto del principio. Yo invito fervorosamente a que cada vecino cuelgue su bandera en la puerta de su casa, en su balcón, o en la ventana del pozo de aire, o donde sea. A la democracia de este país le hace muy bien que la gente se exprese y que lo haga con alegría, con orgullo y con sentido de pertenencia. Del partido que sea, del ganador o de los otros, del más grande o el más chico. La bandera de un partido -que es parte integrante del sistema democrático desde hace más cien años- no debe ofender a nadie. Y si alguno entiende que esa expresión lo ofende, vaya y busque las razones a otro lado, porque no es por acá.

De paso, ya que tanto insisten, les invito a ponerse a trabajar en serio y redactar un reglamento de convivencia como la gente, actualizado, y no con esa mirada vetusta que algunos defienden -lo más jóvenes, extrañamente- con tanto entusiasmo. Si hasta pareciera que gozan cuando le refriegan a todo el edificio que acá se hace lo que ellos dicen y cuando ellos dicen. Cuánta pobreza -no material, sino de la otra-, y esa sí que no tiene vuelta.

Como si la gente que alquila, por el mero hecho de vivir en un edificio, pierde una parte de sus derechos cívicos frente a los dueños porque les afean la fachada. Podrían mejor asesorarse y evitarnos todo este barullo y esta pérdida de tiempo.

Pueden buscar en los libros de bachillerato que están disponibles en todas las bibliotecas. Pueden consultar a Jiménez de Aréchaga -que no es ningún izquierdista, dicho sea de paso- en Introducción al Derecho, la edición de 1985, el capítulo que habla del Orden Jurídico. Allí está el nudo de todo este asunto. Pueden leer el libro entero también, es una buena lectura para entender cómo funciona esta sociedad y sus instituciones, yo se las recomiendo.

Saben que es lo más raro -insiste el vecino, mirando a la cara a los presentes-, es que la gente de la Administración no estuviera al tanto, siendo que trabajan entre abogados, escribanos y contadores. Es un poco raro. También pensé que alguien como yo, que vive buena parte de su vida adentro de un frasco laburando y que no está enterado de nada de ese mundillo, no sepa que buena parte de las Administradoras hacen lo mismo, rigiéndose aún por normativas bastante flojas de papeles. No creo. Reglamentos que vayan contra la democracia y la Constitución, no me parece. Se les debe de haber escapado. Debe ser la herencia de los años grises plasmada en la letra -diría Ángel Rama- de unos documentos caducos. Insisto en que habría que actualizarlos, hacerlos más amigables con las personas y las mascotas que aquí habitan, y garantizar un servicio digno. Porque hasta ahora, lo único que se cumple a rajatabla, es el cobro de gastos comunes. A la hora de hacer cumplir los servicios todos se lavan las manos: la administración, las empresas y una parte de los propietarios. No son todos iguales, quiero aclarar: hay gente que encara, y hay otra que brilla por su ausencia. Lo cierto es que para algunos esto es una entrada fija, una fila de ceros mensual de la que no tienen que preocuparse en absoluto. Y para otros, es este el lugar en donde vive, y siempre es bueno que las dos partes estén medianamente a gusto.

Para no quitarles más tiempo, una última reflexión. Las personas esas -por llamarlas de algún modo- que tanto gustan de verduguear al resto de los vecinos, se nota que no conocen otra forma de relacionarse que no sea esa, humillando a los demás, prepoteando a tiempo completo y aullando en las redes sociales. Eso habla mucho de ellos, no de nosotros. No vamos a permitir que nos sigan faltando el respeto a todos los vecinos, un día sí y otro también. Nosotros decimos basta. Se terminó la paciencia».

La asamblea quedó trunca. Los vecinos terminaron a los empujones. Entre el griterío y el caos, los de la Administración se apretujaron y aprovecharon la volada para zafar del lío. Pero la cosa no quedó ahí, aunque según se supo, no pasó a mayores.

Una respuesta a «Sus buenas razones»

  1. A emisiones verbales carentes de neocórtex, trompas de Eustaquio obturadas por acúfenos.

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