Los otros días, un viejo conocido de las redes postea una foto en la que aparece él, con una mano haciendo una ve de la victoria, inclinada hacia adentro, y en la otra un libro, un ejemplar que exhibe cual trofeo. Al ver la publicación reaccioné poniendo corazoncitos. Agrandé la foto para ver bien el título del conocido autor, y cuando pregunté en los comentarios qué le pareció la novela, el propietario del libro me insultó en forma pública y grosera, primero, luego un mensaje tras otro, por privado, como alguien que ha sentido herido su honor en lo más hondo. En cualquier momento lo veo haciéndose un harakiri -pensé- y lo transmite en directo.
Lo pagó unos doscientos cincuenta pesos, en una feria de barrio, entreverado entre un montón de objetos sin relación entre sí: un cuadro, unas prendas de señora, una herramienta oxidada, un par de lentes de andar en moto y unas ramas de laurel, junto a montoncitos de ajo y limón. El taxi le salió bastante más, según confesó después.
Ese libro, justo en pleno auge de su autor, había caído en manos equivocadas. Doy por sentado que quien se compra un libro, al menos hojea unas páginas y se lee la contratapa, antes de dejarlo en su casa en un estante para cuando le llegue el turno. Tampoco tengo yo la culpa de que no lo haya leído. Solo me limité a preguntar qué tal está la novela, si vale la pena leerla, y qué tal escribe su autor. No encuentro nada ofensivo en pedir una opinión. No juzgo ni hago valoraciones. Al contrario, pregunto para chusmear, para abrir la chancha y conversar de algo, no para recibir amenazas y juramentos. Podía haber dicho «aún no lo leí» y habría cerrado el tema.
Quizás escogió para la foto el objeto equivocado. Pero con lo destemplado de su embestida se encargó de dejar en claro eso mismo que usted y yo entendimos: que no leyó el libro, ni una reseña en internet, ni la contratapa siquiera. Nada. No supo contestar, abrió sus compuertas y dejó salir toda su mierda ante una pregunta sencilla.
Vale decir que me bloqueó, me escrachó acusándome de fomentar una campaña de odio en su contra, y hasta tuvo que borrar el posteo ante la insistencia de otros usuarios para que contara algo del libro. Esta vez sí temí por el harakiri.
Hay veces en que un libro puede convertirse en un objeto peligroso, no por el contexto, no por lo que contengan sus historias, si no por las manos que lo adquieren como objeto cool para ponerlo en una estantería virtual, con el único fin de ser exhibida. Y todo aquello que no sea un like puede representar una potencial amenaza.
Nunca creí tener que caer tan bajo. A quién se le ocurre dejar tamaña pregunta, en tiempos de imagen voraz, y pretender salir ileso.
* * *
Un día de no hace tanto -mañana de sábado, si mal no recuerdo- mi radio mudaba lentamente su sintonía de dial y se deslizaba desde el bordón y el fuelle, entre solemnes gargantas, a las puertas de un programa netamente periodístico, de reflexión, crítica y entrevistas en torno al amable mundillo de la escritura, y que solo un colgado como yo se pone a escuchar a esa hora.
En amplitud modulada, la voz resuena a la de un locutor de los de antes, un tipo trajeado y peinado, erudito y locuaz, monótono y seductor por partes iguales. De fondo, a modo de cortina, Honeysuckle Rose, a cargo de Django Reinhardt.
Luego de un primer bloque de actualidad y comentarios, comenzaría la entrevista que le harían a un amigo escritor para hablar de su nueva novela. La reciente publicación no paraba de recibir elogios y buena prensa, motivo que el propio presentador esgrimió al momento de comenzar.
Después de la presentación formal, que incluyó la lectura de la contratapa, la charla fluyó bastante amena durante los primeros minutos, hasta que una torpe pregunta se le dio vuelta en la cara al entrevistador. Cuando quedó en evidencia, no tardó en reponerse y continuar la conversación, yéndose por las ramas, dejando al entrevistado atónito y destetado, como recién caído al mundo. En su joven carrera había recibido botijeos y desplantes, pero ninguno como aquel.
«La verdad es que no la leí», se le escapó al conductor, un señor muy docto y letrado, tratando de salir de la arena movediza con movimiento brusco. Mi amigo escritor respondió sereno, tomándose un segundo, lo justo para plantar el miedo en el otro, quitando trascendencia al asunto, un poco acostumbrado, dejando que la torpeza del otro lo haga trastabillar solito, y, de paso, haga un poco de teatro al aire, estirando su agonía mientras el operador reacciona y larga una pausa musical para salir de embrollo.
Este colega es un tipo avispado y aunque bastante más joven, tiene la cintura y el aplomo que se necesitan para pilotear una situación así y para hacer que el otro se hunda sin mover un dedo, mirándolo con ojos sonrientes, dejando que las palabras reboten en el silencio áspero del estudio, en el eco de esa sentencia poco feliz que acababa de pronunciar.
Luego de un par de minutos retomaron la transmisión. Redondearon la entrevista, hablaron de ferias y presentaciones. Se despidió al invitado. Volvió a sonar la guitarra picadita de la cortina hasta que el conductor retomó, brevemente, para cerrar el programa y despedirse, esta vez con los acordes de Minor swing –siempre a cargo de Reinhardt- tratando de borrar el mal trago, tratando de hacer como si nada.
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