Publicado en la colección de relatos Insoñación,
Ed. Devuelo, Montevideo (2022)
Queda un espacio en blanco. Queda un enorme sitio todo hueco, vacío, volátil y absurdo en donde habré de moverme todo este tiempo, en plena paranoia, mirando de reojo, desconfiando de cada movimiento. Las preguntas por todos lados. Sobre la mesa y los estantes. Un resplandor incómodo. En la cocina, en el olor del baño, en el cuarto revuelto y la montaña de ropa para lavar. Todo se ha vuelto sórdido. Montañas de hojas. Renglones desiertos. Cuadernos inabarcables. Un monitor impávido, tintineante. Las mismas preguntas y su eco. Silencio. Desespero. Silencio y asfixia. Una pregunta rebota, impertinente. Todo está por explotar de un momento a otro. Y yo en el medio. El asunto es no perder la calma, tomar la medicación, controlar el pulso, respirar, exhalar, respirar, reaccionar a tiempo. Tengo que concentrarme. Mis siestas se multiplican sin motivo. Las tardes me resultan empinadas. El mate, el café, los diarios y los libros. Todo muy lindo. Puedo pasar el día contando los segundos, caminar a un lado y otro de este apartamento amarillo, con este andar quejumbroso, de manos en la espalda. Mi cuerpo parece haber perdido la poca referencia, las horas del sueño, las respectivas ingestas, la hora del informativo, los mandados y otra vez el encierro. El maldito encierro. Las últimas semanas habían sido un dardo tras otro. Basura por todos lados. El Presidente, los ministros, la policía. Comunicados sin efecto. Falsos desmentidos. Conferencias para estúpidos. Protocolos. Rectificaciones. Cómo digerir todo esto. Discutir, hablar, escribir, mandar un audio tras otro, en catarata, pisando conversaciones, mates, llamadas, risas nerviosas, largos soliloquios, ataques de ansiedad o de llanto o de silencio. Otra vez. Silencio turbio, neblina y humo. Silencio. Cuánto pesa el desasosiego. Sentarse. Ir de un lado a otro. Fumar. Buscar y perder objetos. Salir. Volver. Dar dos vueltas. Ir al baño o al balcón. Al cuarto. Mirar las plantas. La tele. El celular. La hora. Sentarse, por fin, a escribir. Fatigado. Se hace tarde. Tengo que llenar un espacio y todavía no empiezo. Tengo que obligarme, haciéndome trampa. Si total. Quién no estuvo en un lugar así. Hablo y me respondo. Escucho. Oigo un eco. Nadie sale limpio de este encierro. Hablo. Repito. Tomo nota. Me paro a abrir la ventana. Ir y volver. Sentarse y escribir. Dejar que el aire neblinoso incruste sus cristales en mis fosas nasales, su frío cortante. Las preguntas se repiten. Trato de descifrarme. ¿Y ahora qué?, escucho y no veo a nadie. Alguien me habla. Me habla de una novela. Conozco la voz pero no pregunto. Me concentro. Intento entender, desdoblarme, devolverle un beso, captar los sonidos y los reflejos, el color de los zapatos o el aroma de sus manos. Siento una voz ondulada, de a ratos suave. Intento robarle un acorde, una pista o la punta del ovillo. Lo que sea. Un refugio de luz y de palabras. Una caja escondida repleta de fábulas donde poder sentarme a escuchar. Respirar de nuevo. Tomar el lápiz, anotar. Sentir los rostros, las presencias, las energías. Algo fluye y la memoria del cuerpo se activa como el neón. Esto recién empieza.
* * *
Hay una página sobre la que nunca he dicho nada. Será por falta de energía o de estatura. Será por hallarse en un rincón inaccesible, en un estante a resguardo, repleto de polvo y reacciones alérgicas fulminantes. Puedo ver y sentir esa cosa brillando, acuosa, latiendo allá en el fondo, tras los cristales rotos de algún recuerdo, tras los rostros borroneados. Quizás sean esas decenas las páginas en blanco, con fechas confusas, repasadas, tachadas sin esmero. Las libretas que se amontonan. Las vergüenzas o traumas apilados sin un criterio. Ladrillos de imágenes sin tiempo, mal colocados, siempre húmedos, desprendiéndose uno a uno, precipitados, estallándome alrededor con toda la furia que les conozco. Es que este dolor resulta tan absurdo como abrumador, tan brevemente detallado en estas pocas líneas. Si acaso puedo apenas estrechar un verbo, conjugar un saludo, mirar a los ojos de alguien buscando una conexión, un buenos días, antes que esa corriente monstruosa barra de cuajo con mi cabeza y con la ciudad bajo mis pies. Será la resaca de las pastillas o de las flores que ya no me hacen efectos. Será ese nuevo sabor inmundo que impregna las horas y los días, la boca y la garganta. Y los sueños. Todo. Como todos los días. En esta, mi cárcel de papel. La zona donde piso y me quemo. Donde nunca llueve. Donde el tiempo parece atascado y las imágenes y las voces y los pasos y las balas se me vienen encima y las esquivo como puedo. Zafando, de allí vengo. De ese lugar donde cada agujero explota conmigo adentro. No digo que me tengan miedo, solo una distancia prudencial. Vivo y duermo con ese torbellino alrededor, intermitente. Sólo necesito un poco de calma y de valor. Un vaso con agua, un lápiz, y un nuevo trozo de papel.
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