Una foto traspapelada, unas memorias del verano anterior que aún resuenan. La esquina de Tristán Narvaja y Uruguay, a la una de la tarde, un domingo a fines de febrero, daría para un libro de tres volúmenes.
La flora y la fauna. Las naciones. Los aromas. Los colores. Bicicletas y carritos. El olor a pescado, a frituras. Las veredas escuetas donde uno esquiva los cuerpos al tiempo que los roza y se lleva una bocanada de ese vapor, esquiva raíces y vendedores, puestos de ropa o artesanías, los infaltables montoncitos de limón, de ajo y morrones.
Está el vendedor de loterías, el de cuchillos, el de cigarros. Está el vendedor de diarios, todavía existe. Están los productos de almacén. Las mesas de ferretería. Los libreros ocasionales. Los puestos de comida sobre la calle Uruguay. Las estatuas vivientes, inmóviles. Guitarristas y guitarreros, acordeón y percusión. Un remolino de gente en torno a ese cruce surcado por la feria. Un rayo de sol como un castigo divino, una realidad que amenaza con derretirse.
Al costado del edificio de Facultad, al otro lado de la calle, una banda de jóvenes músicos hace su prueba de sonido. Está el olor del incienso y del palo santo, está el humo dulzón y el de contrabando, está el olor de un motor fundido y el aroma de los cuerpos empapando su ropa. Están los artesanos en cuero y en madera, los forjadores del hierro y los que trabajan el vidrio. Hay macetas de cerámica con distintos diseños, hay velas encendidas con aroma a jazmín o a limón mezcládonse con el olor a comida del otro lado de la calle. Allí donde se entreveran los gorritos, los tatuajes, los escotes, los culos y los championes, y por supuesto, los celulares. Todo se exhibe, se entrevera en un tumulto vaporoso que llega hasta la puerta misma del bar, donde el aire acondicionado, frágilmente, corta el afuera pegajoso y lo vuelve respirable.
El lugar repleto. Hoy llegué a contar quince personas, paradas o en los taburetes, que picoteaban el mostrador, que solo se movían al baño y a su sitio, a su copa, a su conversación empezada, a su espalda con espalda con el fulano de turno. En las mesas, cuatro o cinco cristianos y su respectivo beberaje, siempre con el vaso transpirado. Las chelas brillando furiosas rompiendo con su promesa de frío, que a decir verdad, casi nunca se cumple.
Afuera hay treinta y ocho grados, y todo gracias a los plátanos. En los tramos de sol la piel se frita, el pensamiento se evapora, los pies se pegan al suelo y el cuerpo se derrite en el camino antes de alcanzar de nuevo a la zona arbolada, como si fuera ciencia ficción. El cemento no respira, el bitumen tampoco. Si no fuera por estos plátanos, tan denostados en otra época del año, la feria sería inviable.
Adentro, en la parte alta de la pared, una foto en blanco y negro reúne al gran Morena, de particular, con Spencer y Omar Míguez, el que lleva un saco de lana. Me lo cuenta el dueño, recitando la foto sin mirarla. Están en no sé donde, es el año no sé cuánto.
Al pedir otra vuelta y, ante tamaña pregunta, la cosa vino con más yapa que de costumbre. La medida lloró como nunca. El bolichero, a toda vista emocionado ante la evocación, se sintió hermanado, o algo así. Él sabe muy bien que soy del otro cuadro, que siempre ando enfundado, en tres colores. Me contó una anécdota respecto a la foto que no retuve. Lo cierto es que esa segunda medida fue doble y media, que chorreaba lenta frente a la sonrisa brillante y la mirada perdida del otro que seguía sirviendo y tintineando algún otro recuerdo, de alguna otra gloria carbonera.
En un día normal, mi estancia vale el primer tiempo de alguna liga europea, casi siempre la inglesa, en ese rango de horario. Las dos medidas dobles del irlandés -no muy curtido por estos mostradores- son suficientes para lo que necesito. Un poco de calma, un ardor exquisito en la parte de atrás de la garganta, un vapor envolvente de granos tostados subiendo hasta la nariz. Todo ese idilio en un primer contacto, los minutos se detienen, el mundo por un momento parece más bueno y feliz.
* * *
Quiero dejar un párrafo aparte para los futbolistas que salen en televisión, los que juegan del otro lado del Atlántico. Es impresionante lo que corren, lo que saltan, lo que entrenan y entregan para que el fútbol siga siendo el mayor espectáculo del planeta. Si existe una fiesta popular que le puede robar el primer lugar al carnaval, eso es un partido de fútbol. Y a eso, el capitalismo, se encargado de sacarle el jugo, en todo el mundo, hasta en el rincón más inhóspito.
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El calor afuera abraza. La gente lo suda, lo padece, lo respira. A pesar del sofoco de estos últimos días y a pesar de estar a fin de mes, el bar está hasta la manija. Los mamelucos entonan. Las conversaciones se animan. La gente pulula entrando y saliendo del baño, como un camino de hormigas, pidiendo permiso, dejando propina. El fútbol comienza. El dueño anota y guarda un cuaderno con los fiados y me comenta -en voz baja- de alguno que se acumula. Justo hoy, quién sabe por qué extraña razón del destino, cayeron dos -de esos que tienen cuenta- a entregar algún mango: uno dejó un par de lucas, el otro dejó quinientos.
Por entre el malón de gente pasa el Negro Fulano, conocido cascarrabias, con su metro noventa y nueve y su mujer del momento, siempre más joven que la anterior, más rubia, él siempre con su pelada brillante, empapada. «A la gente no le importa nada y a mí me chupa todo un huevo. ¡Y que no se metan conmigo!» se le oye gruñir, al pasar, no se sabe contra quién, mientras una pareja de botijas -muy chicos los dos, de lo más vergonzosos- se meten de un tirón al boliche para zafar de la escena.
El rostro se te hizo a feria y madrugada, anoto -traficando unos versos del Bocha- sobre una treintañera que acaba de entrar directo al otro lado del mostrador, de shorcito y delantal, pasando hacia la cocina, con absoluta convicción, robándose las miradas de la concurrencia. Charla con el dueño mientras se lava las manos y se baja un farol de agua helada que este le entregó. Hay afinidad, hay una conversación que viene de antes, hay calor en las miradas que se distraen y vuelven a lo suyo. Él se mueve como un pulpo, ágil y mecánico en un lugar repleto, cobra, sirve, saluda, se mueve con precisión, con soltura. Ella se seca las manos, se baja otro vaso de agua, y en voz baja se despide hasta dentro de un rato, cuando la cosa se calme. Hay algo que me estoy perdiendo, sin dudas, y eso que tengo unos cuántos domingos acá.
Terminó el fútbol, es la hora de volver. Me pido un refresco para llevar, pago, saludo -con las reverencias del caso- y me voy a caminar un rato por el cemento infernal de Montevideo, pasada previa por el baño. Si llego a tomar otra patino, cruzo la raya y desbarranco. Podría quedarme, a la jornada de feria le queda el último tirón. Pero mejor no, prefiero volver a la siguiente, dejar la penúltima para el próximo domingo.
Vuelvo a los plátanos, son los que le salvan la cabeza a una feria de febrero imposible. Son las 14:30, bajando por Tristán, rumbo a la cuadra de los libros sobrevuela un aura doliente que clama por una lluvia que no vendrá. Subir por Paysandú, esquivar los puestos de libros y revistas, doblar por Sierra y de nuevo Uruguay, en sentido contrario al tránsito, para llegar a ese pulmón de sombra que es la plaza Seregni.
La plaza lleva el nombre de Líber Seregni, general del pueblo, viejo líder de la izquierda que aún es faro y rumbo, referencia permanente, motivo de citas, legados y homenajes. La izquierda uruguaya -que supo ser una sola- en su poco más de medio siglo de vida se apresta a iniciar su cuarto período al frente de gobierno, con muchas más luces que sombras, sin ninguna duda, y con un desafío complejo: hacer frente al retroceso evidente que implicó el lustro anterior, en plena renovación de sus figuras. ¿Sabremos cumplir?, rezan en silencio los muros de la ciudad por estos días, como una suerte de advertencia.
En el centro del parque los bancos, el pasto o los largos muros, ofrecen sendos charcos de sombra, un oasis mínimo, un viento tibio, un lugar para estirar las piernas y el esqueleto, para tirarse a tomar algunas notas, alguna cosa que quedó picando, o simplemente echarse a mirar las hojas y el cielo azul, los pájaros y los perros, la gente de paso y la de todo el día. Cuántos kilómetros faltarán, vuelvo a citar al Bocha, con más incertidumbre.
La vuelta a casa caminando viene bien para olvidar las calenturas, para ordenar las ideas, o lo que queda de ellas en ese fragor. Caminar y caminar para aliviar un poco lo bebido, para tener sed y transpirar, para tomar mucha agua y tratar de esquivar el gran dolor de cabeza que ha venido fabricando con rigor desde la mañana. Buscar el lado de la sombra, beber más agua para cortar la resaca, buscar un rincón para orinar, y seguir el camino de vuelta, mascullando estas notas que verán la luz, quién sabe por qué, un año más tarde.

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