Como esperando la noche

Anda y dile que se muera
dile que no estorbe
dile que en la fiesta
siempre está de más pensar
de más está quien quiera hacer pensar
hacer pensar en una fiesta
linda como navidad

Eduardo Darnauchans

* * *

La noche de Montevideo y sus calles, el último viernes del año, con bares repletos y el calor brotando del asfalto a las diez de la noche. Testigo privilegiado, el mapa y el corazón de esta ciudad confluyen ante mis ojos desde la misma mesa de siempre, en un cruce con semáforos cualquiera, que alberga multitudes momentáneas.

Hay una parte de nosotros que mira, que esquiva y no ve, desde hace tiempo, a esa cantidad de gente que pulula aquí y allá, durmiendo de día, trillando de noche. Pasó el invierno, pasaron los temporales, pasaron los esfuerzos del nuevo gobierno y las calles se vuelven a atestar de gente que no tiene a dónde ir y que sobrevive, sorteando la ignorancia de una parte mayoritaria de la sociedad, consumidora, que no está dispuesta a arriesgar su comodidad por nada del mundo.

La escena de la noche que se relata está desfasada en poco más de tres meses. La presencia de gente en la calle es permanente. Con altibajos, las políticas implementadas y reformuladas por las autoridades vuelven a verse desbordadas por la realidad. Las personas brotan en las esquinas, en el ambiente, durmiendo, viviendo, achicando, siempre a la intemperie, material y humana. Nos acostumbramos a esquivarlos, a evitarlos, y de última a enchufarnos.

* * *

Se detienen en las plazas, se detienen. Nadie se detiene por ellos. En mundo sigue de largo y nosotros en él, en la vereda, en la esquina, en el hueco involuntario que pueda proteger del frío allí estarán.

El olor, el dolor o la vergüenza, o las tres cosas. Una presencia como de insecto. Una radio mal sintonizada. Un olor rancio aunque amigable, impregnado para siempre en la piel y en el aura de aquel hombre. La reunión de fin de año terminó en una depresión feroz, conocida, habitué de sueños y pesadillas, un maquinar constante que atrapa cuerpo y cabeza y se apodera de la situación.

Hay cosas que no se resuelven con una decisión política. Hay cosas que no, que vienen de lejos. El desapego fue la prédica que se impuso. El hacé la tuya, el no te metás. Son varias las generaciones que hemos crecido con ello. Así llegamos a la libertad responsable, otra forma elegante de pensar en uno y en nadie más que uno, otra forma barata de gobernar, con una sonrisa, sí, y sin hacerse cargo de nada. Es que a fin de cuentas, a nadie parece quemarle mucho la cabeza la suerte de esos miles que pululan por Montevideo, lo único que preocupa es no tener que verlos, y punto.

* * *

Desde la ventanilla del bondi me voy dando manija. Puede parecer una locura detenerse a pensar, a mirar, a preguntar. El bondi avanza raudo. Dice así el sentido común: horrorizarse y dejar atrás, gestionar las emociones, respirar, enfocarse en uno. Así está mejor. Los hechos pasan como una tromba, no hay tiempo a reaccionar. En épocas de guerra toda información, toda noticia pierde el inmediato interés ante la siguiente, pasando al olvido. Y el mundo sigue.

Genocidio, invasiones, guerras, mentiras, un combo perfecto. Mientras nuestros líderes políticos titubean, el fascismo florece y se expande como una peste. Nosotros, hundidos en los celulares, atónitos, sin poder digerir la información y ese bombardeo constante de actualización innecesaria. Nosotros, atrapados en nuestra propia burbuja, bajo el aparente beneficio de poder hacer y elegir lo que se nos cante, somos al final una manga de bichos también, hiper conectados, inofensivos. El mundo y su anunciado cataclismo se sucede en la palma de la mano, todo en tiempo real, repicado infinidad de veces.

Bajo del bondi y enfilo a cruzar. La ciudad iluminada, relativamente tranquila, para ser la hora que es. Un poco de aire y las cuadras que faltan hasta el bar vendrán bien para desenchufarse un poco, sin noticias, sin fotos, sin gente hablando. Camino, miro hacia el suelo, levanto la vista y canturreo un poco, me enfoco un punto perdido allá delante, atento a los coches y a las sombras ágiles que aparecen de los costados.

En el lugar de siempre, un gran televisor preside la entrada inclinado sobre el salón. Allí, sobre el verde perfecto del césped hay un montón de tipos corriendo tras una pelota. Acá la noche transcurre normal, la gente se junta, bebe, fuma, espera, come y conversa de sus asuntos, y aunque sus ojos vean su mente intenta evitar el entorno y apagar el mundo exterior.

La vereda está repleta, inundada y barullenta. La parada de ómnibus, las mesas, la gente, las caras todas hablando al mismo tiempo, las manos yendo y viniendo entre los vasos y el humo. La noche más ruidosa que de costumbre, más efusiva.

Siguiendo una tradición, una vieja escuela, soy de llegar antes que el resto, relojear el panorama, ganar un rato a solas, robar unas notas, unas fotos, y, en ocasiones, un par a escondidas de mis amigos. Comprobar prejuicios, pisar sobre ellos, comparar recuerdos de noches anteriores ante esta misma mesa, recostada la cabeza, mirando algún partido que ya vi, alguna final de resultado glorioso frente al rival de todas las horas y en cancha propia. Ese gol agónico viene recorriendo los informativos desde hace unos días.

Para mi agrado, hace poco descubrí a una de mis colegas, con quien de tanto en tanto coincido en este recinto, cumpliendo el mismo ritual. En qué andará. Vaya a saber si por puro tino o mera casualidad, está ubicada en la otra punta del salón, también a resguardo. Conoce las señas y las formas. Se toma un minuto, respira, parece angustiada, responde unos mensajes y se repone. Respira de nuevo, aliviada esta vez, fijos los ojos ahora en la taza que trae el mozo. Minutos después, su mesa se completa. Esa mujer, con la que comparto oficio y oficina, debe tener ahora la edad que yo tenía en aquel entonces, cuando me hice habitué de este rincón a oscuras donde paso una parte de mis horas a diario.

Yo, de este lugar, tendría que ser accionista. La publicidad que hoy decora su fachada, ese dorado y verde luminoso de sus letras, coincide con el ardor del triperío que me acompaña desde hace tanto. Doy fe de ser el primero en este sitio que empezó con ese whiskey -así versa en su etiqueta color crema-, el que vio abrir la primera botella, inaugurando una escuela, sembrando un aroma en la memoria para siempre. El color de un amarillo que conoce mis recovecos como nadie, que ha sido parte de alegrías y sinsabores, alguien que me conoce por dentro y que bien sabe que jamás me fui sin pagar de esta casa, que jamás anoté una copa, qué esperanza.

Me pido otra antes que llegue la muchachada y me pase a la cerveza o al vino, se verá. La copa aquí siempre trae su picadillo, no sea cosa de andar tomando con la panza vacía. La mano experta del mozo, el ágil vaivén con que llena la medida y la hace llorar sin derramar una sola gota, deja caer un chorro final como haciéndose el distraído, no sea cosa de andar tratando mal a la gente de la casa, como uno.

* * *

Salimos a fumar, fumadores y no, a conversar en ronda para protegernos del viento, del ruido de los autos y de las conversaciones ajenas. En plena ronda de pitada y tabaco irrumpe una de estas figuras nocturnas, con su sonido de insecto y su aroma a cuestas. Conversan, se ponen espesos, se mueven nerviosos y logran sacar un poco de conversación aunque sea, el bien más preciado en estos días: un poco de atención, un segundo de escucha, una mirada a los ojos. Piden algo, saludan y se van, y regresan a los dos minutos.

Los deliveris, esa isla de camperas rojas que se amotonan a un costado a esperar los pedidos, vigilan las motitos y sus cascos. Los milicos de a pie relojean, caminan con cadencia, como paseando, aguardan al semáforo y, cual si fueran una pareja más del vecindario, van de una vereda a otra, siempre atenta la mirada, por debajo del sombrero.

Un cuidacoches moreno, de chaleco, con una voz de altoparlante, deja en el aire algún verso aprendido por ahí -en la iglesia o en la radio- trayendo la palabra del señor, o la del vendedor de ómnibus, o conversando con la señora que hace los mandados o los transeúntes de ocasión. Había que oírlo. Podría integrar cualquier conjunto de carnaval y explotar sus dones, su porte y ese vozarrón que a pesar de lo cascado, tiene con qué. Hace su número, te conversa, no te manguea. En cada salida a fumar se te arrima y te come la oreja sin mucho preámbulo. Los otros, los que andan en la vuelta, son otra historia.

Hace un rato, uno de ellos me golpeaba el vidrio y me pedía comida, me decía que estaba apurado. Le compartí una porción pizza que no terminó de agarrar cuando ya se la había papado. Después fugó, rapidito, cabeza abajo, masticando y gruñendo, espetando frases incomprensibles, perdiéndose en la otra punta de la cuadra. Como él, hay otro tanto que achica en cuanto recoveco encuentra.

* * *

Cuando volví de esa noche no sabía muy bien con cuál sensación cargaba. Era más bien una mezcla. Una tristeza acumulada, una esperanza reseca, a la intemperie, un poco de bronca y resignación, tampoco mucho, algo de culpa, sagrada, y un resto de soledad. Algo que se palpa con todo el cuerpo: el mundo te ve y te borra. Para el resto no existimos, decía uno de ellos, y yo me pregunto, reafirmo, y le termino dando la razón.

Entro a mi casa. Cuelgo mi bolso. Me descalzo y estiro el esqueleto. Voy a la heladera, me lleno de agua. El gusto metálico sigue ahí, al final de la garganta. El sabor de la impotencia, del cansancio, el desnorte y la necesidad imperiosa de seguir, de levantar cabeza y olvidar, de darse una ducha y dormir hasta el otro día.

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