A veces tengo la sensación de estar rodeado de un público que lee pero no digiere, que traga entero y devora, y luego descarta, deslizando el pulgar hacia arriba en la pantalla. Da la impresión de que casi no disfruta lo que hace, de que el mero ejercicio de recordar algunos detalles menores para poder conversar de algo se esfuma frente al próximo evento. Como si la mente se pudiera resetear apretando un botón del control remoto, más allá del acto mecánico de pasar los ojos por un puñado de letras organizadas de manera arbitraria.
Desde esta postura, de lo más apocalíptica, veo una sinapsis que cae como una cortina y corta abruptamente la realidad. Lo que hace un momento cautivó y deslumbró al público lector ahora está condenado al olvido. Así pasamos de una publicación a otra, a un posteo, a una publicidad, y a una serie.
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El consumo de series es algo que requiere de un trabajo de escritura constante. Decenas de pares de manos yendo y viniendo. Salas de guionistas como fábricas, echando humo. Un mar de cabezas pensando y machacando, haciendo nacer de su seno el sagrado combustible que llenará los próximos minutos de diálogos y descripciones, página tras página para que su majestad, el mercado -que todo lo vende y todo lo tritura- calme y atice, al mismo tiempo, su voracidad descomunal. Los escritores somos carne de cañón, carne de picadora y carne sentada a la mesa comiendo carne al otro lado del menú. Somos una parte de esa bestia que alimentamos con fragmentos de historias que encontramos por ahí, con jirones de tripa y con cantos de sirena. Nueva mano de obra y consumo girando como las moscas sobre el dulce, en torno a la producción masiva de series, que con una impronta fordista transitan su fase de mayor expansión conocida. El detalle y la minucia se entretejen entre tratamiento y escena, episodios, flashbacks y puntos de giro colocados en lugares estratégicos.
Desde hace un tiempo las plataformas han roto con la hegemonía de la televisión. Esta última, a lo sumo, ha sido testigo de la intimidad de un dormitorio, ha ocupado un lugar en la cocina y hasta en el salón de clases. Las plataformas han sabido habitar bolsillos y mochilas, llegando a una audiencia mucho mayor, más diversa y demandante. Hay quienes han llegado a decir que estamos frente a un nuevo paradigma. Otros, no con menos entusiasmo, sostienen que transitamos algo así como la Tercera Edad de Oro de la Televisión. Lo cierto es que las relaciones entre la producción, la distribución y el consumo han mutado. Al igual que el cine y las novelas de TV, las series impactan en la sociedad y en el comportamiento de sus integrantes. Se trata de un producto de consumo masivo que ha diversificado su oferta abordando los segmentos más variados del mercado, llegando donde nadie había llegado antes (pienso en la radio y en la televisión, cuando aparecieron, cada una en su momento). Sus personajes, de todo tipo y especie, reflejan los modos de comportarse de una sociedad, propios de cada época. La capacidad de estos de empatizar con los espectadores será proporcional al tamaño de la sugestión de cada sujeto receptor, lo que cada uno esté dispuesto a aceptar.
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El poder de las imágenes genera una huella en diferentes dimensiones, actuando sobre varios sentidos al mismo tiempo. Ya sea porque existe cierta afinidad emocional, cierta sensación de semejanza y parentesco, la indentificación con algún personaje por parte del público puede expresarse en distintos niveles. La imitación, el deseo de emular algunos rasgos de nuestro personaje favorito, sus dichos, sus chistes, sus poses, su forma de actuar y hasta su atuendo son una expresión de esta influencia. Nuestra propia suerte montada sobre los hombros de aquel personaje. El deseo secreto de vivir la vida del otro como proyección de los sueños de uno hace de las series un lugar que nadie quiere dejar de visitar.
Nos guste o no, las series han generado nuevos hábitos de consumo, adaptando, a su vez, sus propios mecanismos a los del Dios Mercado, generando una línea de productos a la medida del consumidor. Hay una parte del público alienado, pues son los consumidores quienes dan sustento al estado actual de las cosas. Y como en toda fábrica, no hay tiempo para perder. El esfuerzo y el trajín de la jornada desbordan a cualquiera. Aunque no quiera, uno se vuelve a su casa pensando en el laburo, enroscado en algún asunto, masticando el veneno pegajoso de la enajenación sin poder zafarse del todo. Todos traemos algo de aquel Charlot de “Tiempos modernos”, del viejo Chaplin, aunque hayan pasado más de ocho décadas desde su estreno en Estados Unidos. Qué cosa fue que se transformó, qué asunto de fondo, si para bien o para mal, hasta el día de hoy tenemos el descanso cronometrado, no dormir más de siete horas.
Me quedo con la sensación de que nuestro ocio no es tal cosa. No somos capaces de dejar atrás el ruido, de entregarnos a la contemplación de lo que nos rodea. Vamos relegando nuestra capacidad de desplegarnos en cuanto somos, en tanto tales. Siempre estamos cansados. Siempre estamos con una pata en la trampa del streaming, justificando del modo más vil, el estrés maldito que implica sentarse a descansar, a mirar un rato la tele y dejar que las imágenes se escurran.
Con una oferta a la carta, puedo volver atrás una escena las veces que sea, elegir el idioma y colocar subtítulos. Todo a demanda. Todo ya, a puro capricho pelotudo. Puedo ver y dejar de ver y volver a ver cuando se cante o cuando pueda, según el día. Cuando me haga un hueco en el trabajo, en la fila del cajero automático, en la parada, o en el bondi a la vuelta del laburo. El próximo episodio siempre va a estar ahí, esperándome.
Puedo pasar el día entero echado frente a la pantalla. Dormir en el sillón, empastillado hasta la manija, agonizando en los descansos, en las pausas entre los capítulos. Por placer o padecer, siempre tengo una pantalla enfrente en donde, mientras fumo y me duermo de a ratos, sigo mirando alguna serie.
Abriendo la caja de Pandora
miércoles 29 de junio de 2022
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