El bar de la calle Arenal Grande

En este lugar, hace ya unos quince años, fue que comencé a escribir mi primera novela. La empecé en el silencio de la separación, en las noches vacías de ella, cuando aún no tenía idea de lo que era sentarse a narrar, pero ya rumiaba los vaivenes y las escenas.

Siempre estaba bien servido. En una historia como esta, hecha de amigos y camaradas, de largas charlas y confesiones, nunca falta la bebida. Las reuniones terminaban cuando el bar cerraba. Las discusiones se ponían espesas, subidas de tono. Cuando salíamos a fumar la cosa terminaba entre empujones, cansancio y puteadas, con el veneno de los asuntos no resueltos, de los planes imposibles, de los pocos que somos para llevarlos a cabo. Eso sí, nunca nos fuimos a las manos, no delante de todos. Eso lo dejamos para las reuniones formales.

En este mismo lugar, en aquellas noches, además de algún vozarrón del momento, no sonaba otra cosa que no fueran los partidos de fútbol. De fondo, entreverados con el volumen medio de la tele, estaba la voz del mozo, los ruidos de la calle, los hielos de los vasos a rellenar, o la estela de alguna conversación perdida de una mesa, al otro lado del salón. Hasta no hace tanto, frente por frente a la puerta, cuando usted entraba y levantaba la vista lo primero que encontraba era un cartelito que rezaba la prohibición de cantar dentro del recinto. Una extraña rémora, algún capricho insondable del anterior dueño. En los recovecos de aquel lugar, fue que mastiqué la historia, borracho de cansancio, que vio la luz años después.

Con el tiempo empecé a escribir a diario. El taller podía encontrarme haciendo la previa o entrada la noche, terminada la sesión en colectivo. Algunos sábados de tarde, cuando nos encontrábamos con ella, en casa, en ese único momento de la semana, antes visitábamos el lugar donde alguna vez compartimos cervezas y discusiones bizantinas, chupones y carcajadas, caldeando la noche, y animando a la barra de bebedores que invitaban otra vuelta a nuestra salud. Las cenizas de la adolescencia, llevarse el mundo por delante, y pretender resolver los grandes problemas, comiéndonos los nenes crudos.

Ya dedicado a esto, que es el mejor de todos los oficios, no solo los sábados, sino también los almuerzos, las siestas que no son, y hasta las tumbas repetidas de los domingos me encontraban en este lugar -y en esta misma mesa- escribiendo y aparateando, resolviendo mi vida amorosa, mi situación orgánica, financiera y locativa, (transaba, pedía prestado, pagaba y devolvía, a veces con trabajos), a través de los encuentros sostenidos hasta hoy.

Sentado, contra esta ventana, he sabido ocupar los distintos ángulos de local. Hoy el lugar no es el mismo, al menos de noche: tiene la música fuerte y lucecitas de colores tintineantes que simulan una disco. Todas las noches se llena. Cuando uno sale a fumar -y a escaparle un poco un ruidaje- las cuatro esquinas dibujan fondos bien distintos. La oscuridad de Arenal Grande hacia el sur, el barullo intratable de la arteria principal atestada (la que lleva el nombre de un genocida de pueblos indígenas). Al otro lado, los autos de frente y en subida, lentos, presididos por el cartel de Pare que no todos respetan.

En esta mesa, a donde vuelvo y anoto, conozco el día y la noche, las horas y pico y horas las muertas, cuando solo se oyen las moscas y la radio de la cocina del bar. Aunque prefiero la silla y la pared, conozco también el mostrador, su chamullo y su coqueteo, su anecdotario inagotable. Veo ahí los partidos de Uruguay, grito y me abrazo con el mozo, con el dueño, y con los mismos desconocidos de siempre, que somos parte de este paisaje.

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