De plantas y ventanas

Las plantas que resisten en esta casa suelen ser las denostadas por la mayoría. Hay poca luz, y los pocos lugares en donde hay, aunque sea de rebote, están abarrotados de plantas que se secan, inexorablemente, tarde o temprano. Lo único que sobrevive es el yuyerío, los tréboles, el dólar, la mala madre y la suculenta. Todo lo demás, fenece.

En ese momento entendí que estas plantas eran lo suficientemente dignas como para seguir su ejemplo. Alcanzaba con regar, regularmente, de acomodar algunas hojas y prestarles un poco de atención. Y ellas ahí, resistiendo, expandiendo todo su esfuerzo sobre la craquelada luz de unos ventanales centenarios, sucios de tierra, cubriendo el óxido con el verde de sus extrañas formas, con sus telarañas y sus tutores. Ellas resisten, se obstinan, viven con lo que hay y se rebuscan, y amanecen, igual que uno, al otro día.

Alguien me dijo una vez que mis plantas morían por la mala onda que yo emitía, por esa especie de aura oscura y viscosa que me acompaña a todas partes. Puede que tenga razón. Ahora que lo pienso, mi vínculo con las plantas comenzó como un asunto terapéutico, como para ocupar la energía de sobra en algo útil -no es que lo otro no fuera algo útil, al contrario- y ensuciarse las manos con tierra, no con otra cosa, y terminar donde no quiero. Se sabe que el trabajo manual ennoblece a quien lo practica, sea o no reconocido.

El asunto es que las plantas llegan a mi casa y se mueren, semanas más, semanas menos. El otro día, se suicidaron dos pequeñas tunas. Las traje el domingo de la feria y el martes de noche estaban con la cabeza colgando sobre el borde filoso de la maceta. Batieron todos los récords. A lo mejor, fue la mala onda que yo traía en esos días, las ganas de agarrar a martillazos a mi jefe -primero en la cara, luego los brazos y finalmente llegamos dedos, con los que vamos a aprender las tablas de multiplicar-, las ganas de hundirle los ojos y llenarle la boca con mierda de la propia, de la que se estará haciendo en ese mismísimo momento, en vivo y en directo, en los propios pantalones.

Pero no pasó nada. Conversamos dos minutos, hablamos del tablado y del Concurso Oficial, del calor y de las minas, y de las ganas de estar metidos en una piscina tomando cerveza en lugar de tener que sostener esta conversación incómoda y al pedo. Por suerte fue solo eso. Dos plantas menos. Y ta. De última salió barato. Otro par de plantas más en la feria es mejor que una temporada encanastado por homicidio alevoso.

Así que, no queda otra. Resuelto el asunto. Meter feria, domingo mediante, y terminar en el mismo puesto de siempre, a buscar un par de plantitas para sustituir a las últimas caídas en combate.

El puesto, a decir verdad, tiene unas plantas de mierda. Pero la vendedora es una mujer hermosa, de ropas amplias y gastadas, con acento del caribe, a la que le gusta el chichoneo y la conversación bien de cerca, cara con cara, sintiéndonos el olor, mirando a los ojos con ganas de todo. El banana del marido, un muchacho alto y robusto, está echado en la reposera, con la visera sobre la cara y el celular con un jueguito. Termino la charla y me despido -sin querer despedirme-, trayendo lo que ella me quiso vender -plantas que ni sé cómo se llaman, ni cada cuánto se riegan-, no lo que fui a buscar.

* * *

La ventana se apaga con la tarde, sombreando las siluetas, borrando los contornos. Allí están las pocas plantas, el yuyerío rezagado de unas vitrinas que no son y una señora con sombrero -como la del puesto, de la que tampoco sé su nombre y que ahora bien podría estar aquí, sentada de este lado, tomando algo fresco-, pintada en un azulejo. El trébol, por su parte, fluye, recostado, como un golero contra el palo, ordenando la barrera. Desde allí acomete todo lo que alcanza. Tiene buena tierra, tiene humedad y un rato de luz. Tiene todo el tiempo para ser y esperar, eso que muchos renuncian por copetudos o blanditos. Tiene lugar donde expandirse, una ventana abierta y un rectángulo de cielo celeste, donde el sol mañana hará su rutina de treinta minutos. Tiene el día entero, la lluvia y la noche, las campanas y el ruido del viento en las hojas de los plátanos que alivian el sopor de la avenida.

3 respuestas a “De plantas y ventanas”

  1. Amo poder leer algo tan refrescante y verdadero ( a mi también se me han suicidado más de una plantita ) Ya voy por la tercera Menta ……Me encantó.EXCELENTE !!

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  2. Te recomendaría una sansevieria, o «lengua de suegra» (muy difíciles de matar), pero te perderías de tener que volver a visitar a la chica linda…

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