En un día como el de hoy, prefiero dejar lo accesorio para después, necesito ir al grano. Dentro de quince minutos, tengo que rendir examen y es mejor poner el foco en los asuntos que atañen a esta empresa. De antemano, me disculpo por cierto uso del lenguaje y ciertas formas, de las que estoy puntualmente contaminado para la ocasión. Un examen de final de curso, y en calidad de libre, requiere una preparación bastante absorbente. Tal vez, por eso mismo, cada minuto robado para la escritura es un acto de vital resistencia. Me gusta verlo así, y darle todo el color. Después se tacha, se corrige, se acomoda.
Por eso, antes de entrar al salón, como hice durante todo el semestre, me dispongo a dejar unas líneas, unas primeras impresiones, anotadas a la carrera. Fue ahí que me cayó la ficha y descubrí -no sin extrañeza- que traía conmigo el hábito del taller, esa cosa de andar escribiendo el arrebato mismo mientras sucede, a contrarreloj.
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Así y todo, lo que no puedo dejar de preguntarme, cada vez que paso por la que fue nuestra casa -ese lugar donde alguna vez vivimos y planificamos instalar una librería en el garaje-, es si ella habrá logrado su objetivo, o, mejor aún, lo guarda en un estante, en alguna hoja de escrito doblada al medio, dentro de su libro favorito, junto a esos otros libros que guarda -celosamente- para más adelante, cuando sus hijos sean más grandes, y pueda dedicarles en tiempo necesario.
Me pregunto si habrá seguido en pie aquel sueño, si estoy a tiempo de sumar mis horas, y ayudar a ordenar estos otros estantes, quitarles el polvo a los libros de siempre y servir el café, atender a los visitantes, armar una mesa y hacer un taller todos los viernes, tal como habíamos hablado la última vez.
Me pregunto -insisto, sin prueba alguna que lo sustente- si aquella librería que abrió a la vuelta de aquella casa -a pocas cuadras de donde vivo ahora, por la calle paralela, y que aún no he visitado- será aquel famoso emprendimiento nunca concretado, hasta donde yo sé. Son tantas las ganas de visitarlo, aunque temo un poco, tanto al papelón, como a perder la minúscula cuota de ilusión que guardo, tal vez reseca, arrugada en algún que otro estante entre el pecho y la memoria.
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Lo que ocurrió aquella jornada quedó para el mejor de los recuerdos. Por lo que pude saber, me tocó inaugurar una conquista estudiantil -lograda hace unos años- resistida por la élite docente, a conciencia. Acá no entra cualquiera, y para entrar, hay que estar a la altura.
Sortear la prueba. Saludar al tribunal académico designado, -a la parte presente y a la displicente- esperar el resultado afuera, respirando un poco y retomando el hilo de la historia que había estado anotando, con los restos de la adrenalina del examen. Esta vez, fue la mujer de los ojos rasgados la que encendió la chispa, allá por los muros del barrio cervantino.
Ella me miraba desde una foto, en una exhibición muros adentro de la facultad, en el piso de arriba. Yo la miraba y soñaba con ella y con su cara, cubriéndose la boca, diciendo algo y silenciándolo con un gesto. Caminando, la misma calle ahora, soltando una sonrisa involuntaria, como perdonando la ráfaga de viento que la embistió, imprevista, al doblar la esquina.
A mitad de esa cuadra está la librería mencionada. Las dos mujeres del relato ahora se cruzan. Al parecer se conocen, conversan y ríen. Comparten la zona intangible del recuerdo tibio, conviven sin conflicto alguno, a la espera del narrador que las narre como se merecen. Ignoran, eso sí, que en el relato comparten también el nombre, las iniciales y el mismo deseo. No tienen por qué saberlo. No por ahora.
Por lo pronto, paso de largo por la puerta del local, celebrando el examen, sin prestar mucha atención a nada. Un poco anestesiado por el afloje, otro poco por la pitada, miré hacia adentro del lugar y solo alcancé a constatar la presencia de dos figuras femeninas, muy elegantes las dos. Seguí caminando, apuré cuadras, subí escaleras y tiré la ropa a un costado, derechito a darme una ducha y a dormir, si fuera posible, con esa imagen de ellas dos, hasta el día siguiente.



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