Hoy como ayer

Una mujer pequeña, de no más de un metro cincuenta, corre la cuadra entera, con paso corto y ligero, bastante ágil para lo escueto de su extensión, hasta la parada. El bondi viene atrás. Ella lo juna, de tanto en tanto, como si lo fuera a detener con la sola voluntad del contacto visual. Mientras corre, esquiva, como un verdadero pacman, la vereda de la automotora atestada de autos maniobrando a esa hora de la mañana, los árboles, los transeúntes, las bolsas de escombros desbordadas y un cartel naranja que indica que la media calzada no está disponible para transitar.

A escasos metros de la esquina, la gente se apretuja bajo el techo del refugio, que queda chico, y alguno hasta estira la mano, titubeante, como si estuviera por cometer un delito que no quiere.

La lluvia, en una mañana vaporosa de marzo, es una verdadera bendición. Los plátanos lo agradecen, sus troncos verde oscuros emulan los de otras latitudes, sueñan que son árboles de una zona tropical, donde llueve todos los días. Los plátanos sueñan también con tener sus vacaciones, con ir a visitar a los amigos del vivero -que los vio nacer- o irse a vivir al campo, lejos del barullo del hormigón donde habitan.

Las primeras gotas se hacen sentir. La peluquera pasa con pañuelo en la cabeza, lleva una chismosa doblada y no trae paraguas. Ella también prefiere la lluvia. Cruza hasta el quiosco a buscar puchos, a jugar un par de tómbolas y a charlar un rato con el quiosquero, un tipo seco, de pocas palabras, concentrado en el orden riguroso de los estantes de golosinas, con la atención repartida entre el dinero en mano y el programa de radio que suena de fondo.

El almanaque avanza, ingobernable. El verano se empeña en llegar hasta el último día bien arriba, pasado de rosca, estirando sus anhelos lo más que se pueda. Los plátanos van perdiendo sus primeros despojos. La cortina de agua finalmente trae un poco de calma, obliga a hacer silencio, a prestarle atención.

En este fragmento de ciudad, los universitarios han tomado calles y veredas, semáforos y cruces. Multitudes que vienen y van, de un edificio al otro, con la efervescencia de los primeros días de clase (que comparto, en este caso, con ellos: uno se llena de fervor y estrés al mismo tiempo, con salones que se llenan, pasillos que se llenan, hasta la cantina se llena) bajo una lluvia furiosa de verano. El agua cae recta, con toda su virtud, sobre los cascos y las motos, los plátanos, los autos y la gente.

Siempre es muy bello, además de poético, ver a los estudiantes llenando cualquier espacio. Yo los veo desde el balcón, protegido por el balcón del piso de arriba, desfilando bajo el vendaval. Arrimo una silla, el mate y la libreta. El mate es al pedo. Tengo las manos ocupadas, escribiendo. Es solo para tenerlo cerca, vicharlo de reojo y dejarlo que se enfríe, nada más. Si llego a cortar el hilo de estas líneas para tomar un mate, pierdo la mitad de la información que estoy intentando registrar.

Por momentos, la lluvia amaina, nos da un respiro que dura lo que demora en llenarse una cisterna. Cuando se vuelve a descolgar, el bullicio absurdo pasa a un segundo plano. Una especie de ruido blanco, uniforme, que me lleva al único televisor de la infancia, cuando el canal de turno no emitía programación. En este caso, el ruido es el mismo pero en vivo, una nota más grave, tal vez, un semitono, pero con la imponente omnipresencia de la lluvia.

El cemento rugoso, mal emparchado, se anega hasta rincones infinitos. El agua, que ahora todo lo cubre, comienza a amontonarse sobre los cordones y allí desfilan desechos pequeños de toda clase. Bolsas, puchos y tapitas, y las infaltables aguas grises de una obra en construcción, sorprendida por una inclemencia que no avisa y no respeta los tiempos de nadie. En esos ríos improvisados no navegan barcos de papel, tampoco hay peces. Solo hay envoltorios y botellas de plástico, papeles y cortezas caídas de los plátanos que bancaron el chaparrón como si nada.

Dos horas más tarde, todo vuelve a su estado anterior. El sol a pleno, partiendo el mediodía. La gata se asoma. Un tránsito ajetreado de nubes y escalas de grises, mezclados entre la incandescencia y el rumor de pequeñas tormentas circulando, caóticas, en todas las direcciones posibles, dispuestas a formar la siguiente.

6 respuestas a “Hoy como ayer”

  1. Hermoso relato. Me encantó la idea de los plátanos y «estira la mano, titubeante, como si estuviera por cometer un delito que no quiere».

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    1. Viste que la gente no se quiere mojar cuando llueve, es como si fuera ácido en lugar de agua.
      ¡Muy agradecido!

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      1. Así es. Y me incluyo, pero, en mi defensa, tampoco me gusta meterme a la pileta, jaja

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  2. Precioso texto!! Me encantó.
    «… finalmente trae un poco de calma, obliga a hacer silencio, a prestarle atención».
    Igual que a Natalia me gustó lo del delito. Me hizo notar algo que nunca antes había puesto en palabras.

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