Redes de arrastre

Desde que volví a usar redes sociales virtuales gané una adicción mucho más dura. Pierdo las ganas de hacer, gano quietud y disconformidad, no logro concentrarme y completar una página al día, algo mínimo, como la gente. Además, el rato que no me conecto me persigue el mal humor. La fisura es permanente.

Completar una página es como empujar una carretilla cargada de piedras en un repecho empinado. Sé de lo que hablo. El caos es tan devastador que vuelve imposible cualquier tarea. Una sucesión de estallidos, aquí y allá, que la mente persigue y esquiva al mismo tiempo. Pequeñas bolas de fuego mentales sin rumbo, dándose contra todo. Imaginen el día entero así, en ese vaivén rengo de sed que no se puede desprender del aparatito.

Pasa una frase, un auto, un fin de semana afuera, una playa, un asado, un toque, una prenda al viento, y las bolas de fuego nuevamente, esta vez, sobre cielo palestino. Imágenes de muerte y sangre sobre rostros de niños entre los escombros, mezcladas con canciones y discursos de odio, con clases de gimnasia china y cocina saludable y de la otra. Veo a mi gobierno haciendo un papelón en las ante los ojos del mundo, repitiendo errores de sus antecesores, perdonándole el bolsillo a los ricos en desmedro de su propia prédica. Un verdadero torbellino de luces que no da respiro, que no deja pensar, que no deja crecer un solo segundo la curiosidad, el sosiego, la sana duda. Un torrente de estímulos y provocación que el cuerpo no alcanza a procesar y que se van atascando dentro nuestro y hasta terminar inmersos en una maraña que nos asfixia, que nos agota, que nos consume.

Tener en la mano una vidriera infinita de cosas inalcanzables, de lugares donde nunca iré, de sitios que quedan muy lejos o muy cerca a donde nunca tendré acceso. Libros que nunca verán el papel aunque hayan sido escritos y corregidos bajo miles de horas de luz artificial y varios pares de ojos. Libros que no caben en las estanterías porque no cumplen con las expectativas del mercado.

Al final, uno termina juntando pedazos de su vida en esas mismas redes: fotos, posteos, mensajes, porque uno ya no es capaz de recordar por sí solo. El humano ha perdido esa habilidad a manos de los recordatorios. Todo pasa por el aparatito.

Las notificaciones han hecho de mis nervios un polvillo alérgico que me obtura todos los sentidos. El sonar constante de timbres y sonidos me distrae todo el tiempo. La variedad de celulares sonando y vibrando de un lado y del otro me quitan la poca atención que de por sí ya traigo cascoteada, terminan por anularme.

Una oficina, un ómnibus, una fila en un comercio. El mundo es un concierto infernal de sonidos que todo lo salpican: la mente, la concentración, el silencio inexistente, transformando el aire público en un mar de reacciones espasmódicas por aquí y por allá que no permiten habitar ni siquiera el propio discurso interior.

En una sociedad agusanada por la tecnología y la virtualidad parece que no hay a dónde correr, ni a donde frustrarse. Tampoco es fácil evadirse, esquivar el bulto, el tirón del deseo, el muro contra el que uno debe estrellarse para sentirse feliz. El hartazgo de ser un mero espectador, un eterno aprendiz de la nada, mirando todo desde afuera, desde la palma de la mano iluminada, achanchada el alma, mirando a los demás ser, hacer, estar y mostrarse, y contemplar los días sin dejar de pasar el dedo hacia arriba, sin ganas de nada, sin nada que mostrar, sin nada que conversar.

Una respuesta a “Redes de arrastre”

  1. La idea era que seamos adictos a esto, no la comunicación.

    Lo lograron.

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