Diarios del odio

Pabellón, día nueve

Me preguntaba cómo puede una persona -por llamarla de un modo genérico- pasar la jornada entera insultando, desvariando, levantando el volumen, buscando al enemigo hasta en la suela de sus zapatos.

Con el paso de las horas ese insulto -ofensa tras ofensa, ladrillo sobre ladrillo- adquiere distintas formas y recorre el éter, desde el imaginario hasta las redes virtuales, cumpliendo una función para la que no estaba preparado.

Por demás, el agravio trae una carga negativa tan grande, que la tristeza y la podredumbre del lugar de donde vienen debe ser enorme, inabarcable. Por mí pueden pudrirse allí, si es así que lo decidieron, mientras no jodan a nadie, si hasta cómodos se les ve con ese atuendo.

El problema es cuando esparcen su veneno -esa mala energía que les sale por los poros- en cada metro cuadrado que habitan. El insulto es infecto como enfermedad venérea. No hay barbijo, no hay auriculares, no hay capucha que te salve de la lluvia de ordinarieces, bajezas, palabrotas en desuso que ni siquiera saben muy bien qué significan.

Toda una coreografía para tirarse al charco de la verborragia y chapotear, putear y repartir su mierda para todos lados, sin necesidad ninguna. Es como tener un caño de escape al lado, un camioncito fundido, haciendo un ruido del demonio, echando humo y miserias. Así no se puede respirar, no se puede hablar, no se puede hacer nada.

¿Qué hay que hacer cuando el entorno se llena de estos discursos? Tipos enojados, brutales, que retuercen nerviosos su cabeza de un lado a otro y suben la apuesta, y uno puede ver ahí, en ese instante de fulgor, que el veneno les ha comido hasta el razonamiento. Lo bien agusanadas que deben estar esas cabecitas para expresar lo que expresan. Lo de podridas que deben estar esas tripas, a juzgar por la peste que les sale de la boca. Y el alma, ni te digo, debe estar en descomposición.

* * *

Cuánto maltrato, de tan chicos
cuánto maltrato, aquí y ahora
cuánto maltrato.
La pregunta, tan honda y esquiva:
cuál sería la raíz de tanto enojo
cuál será ese dolor

* * *

Qué será esa cosa que los pone tan mal, que los vuelve tan cobardes, tan impredecibles, capaces de cualquier barbaridad. A qué le tienen tanto miedo como para vivir el día entero a la defensiva, agresivos, implacables. No quiero indagar en ese infierno, el que traen adentro. No quiero imaginar tampoco cómo es vivir con alguien así, puertas adentro.

A veces queda la sensación de que por cada afrenta que espetan no hacen otra cosa que dar una certera coordenada de sus propios nudos. Cuanto más alta es la afrenta, más hondo es el propio agujero. Cuanto más grande es la herida, mayor es el vacío de esa vida -y digo vida, de nuevo, por llamarla de algún modo.

Un montón de tipos frustrados, ciegos, con la panza llena, a los que no les falta nada, envalentonados. Un gran caldo de cultivo para el fascismo que también campea por estos lares. Cómo frenarlos, si del otro lado dejamos que todo fluya, no nos metemos, no les paramos el carro a estos y a otros tantos violentos.

Y somos los varones, en ambos casos, los principales responsables. Por ejercerla, por celebrarla, por mirar para el costado.

Somos los varones, los que nos tenemos que parar de punta.

Una respuesta a «Diarios del odio»

  1. Hay que lograr poder imaginar que es posible un mundo en el que todos actuemos en conjunto para el bien de todos. Si miramos con honestidad, no lo creemos posible. Ahí radica el problema. Si lo único imaginable fuera ser amables y empáticos, lo seríamos. Tenemos la posibilidad de imaginar las dos situaciones. Está en nosotros cambiar la perspectiva, ahora, sin esperar que otro lo haga primero. Seamos los pioneros.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario