El paraguas no, por favor

De los malos hábitos que uno se trae al taller, está ese de andar atajándose antes de empezar. El viejo y querido paraguas -innecesario, por cierto- que uno dispone por delante de toda escritura a modo de pretexto o disculpa. No hace falta decir más, un texto explicado se desinfla antes de empezar. Mejor leer y seguir de largo, hacer como si nada y dejar que los otros completen lo que falta.

Sincericio o no, no es lo importante. Aquí venimos a contar, a soltar, a empaparnos de prosa, sin otro cometido que el de buscar una voz, soltarla y empezar a darle forma encuentro tras encuentro, lectura tras lectura.

Todo esto viene a cuento intentando captar el espíritu aquel, el momento de la lectura, el torrente de calor que se acumula en la parte de adentro de la cara y esa montaña de información que obnubila y uno no sabe qué hacer con ella, si mostrarla o no, o si mostrarse así, tan desnudo en la escritura, ante la presencia ritual de los otros.

Lo cierto, es que después de ensayar mentalmente unas treinta y cinco posibilidades de comenzar con una excusa creíble dimití de dicha empresa, tomé distancia, respiré hondo, me senté y recién ahí pude empezar a contar. Y el paraguas, señor, al rincón, por favor.

Por suerte ya empieza el taller, otra vez, a rescatarnos.

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