Entorpeciendo un sábado

Hace rato vengo observando la escena. Un tipo esperando, en la vereda de enfrente, campaneando, planeando quién sabe qué cosa. Esperó un rato, fumó y caminó, sin apuro, revisó su teléfono, se recostó a la pared, fue hasta la esquina y volvió, paciente. No es alguien del lugar, no está en horario de trabajo (no lleva ropa de trabajo). Tampoco es un cliente. Tiene buen aspecto, buena pilcha, parece reservado. No busca llamar la atención, tampoco le preocupa ocultarse.

Al otro lado, una pareja feliz elige su nuevo auto, esta vez, uno eléctrico. Junto a ellos, la escribana y el vendedor rodean el chiche nuevo, ojean el motor, las llantas y el interior. Salen a dar una vuelta y un cuarto de hora después están en el mismo sitio, junto al coche, el vendedor y la escribana -que abraza una carpeta con elásticos- cerrando la solemne transacción, con un apretón y una sonrisa para ella, una entrega de llaves y un despedirse y encender el coche y avanzar despacio, dejando atrás la acera, ganando la avenida.

Como si nunca hubiera estado allí, el tipo de enfrente aguardaba, recostado a una columna, celular en mano, como parte del paisaje. Con un simple ademán que no llamó la atención, se plantó frente al cero kilómetro que maniobraba y le vació tres tiros a cada uno. Después aulló, lanzó un juramento y se metió una bala en la boca. Quedó atravesado en plena Avenida 8 de octubre, junto con el auto, trancando la circulación en ambas direcciones, entorpeciendo el sábado.

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