
Crece la cantidad de gente que manifiesta su desagrado de vivir prendidos al celular, sin embargo, ninguno tiene el coraje de dejar de usarlo. No puedo, te dicen. Y los pocos que se atreven («yo, que lo conocí», diría Neruda) se vuelven locos, parias, inadaptados seriales; una cara de esas que solo aparece en los policiales, alguien que dejó de existir, en esta virtualidad que ha colonizado nuestra atención, nuestro energía y nuestras mejores horas.
Día por medio, en la oficina me saludan como si hubiera estado ausente por una larga enfermedad y hubiera vuelto a la vida. Me hacen preguntas iniciales, con la duda genuina de quien no conoce o no recuerda haber preguntado, de quien no sabe del asunto y procura, en cordial conversación, darse por enterado y, de paso, hacerse amigo.
He estado trabajando en el mismo sitio, en el mismo escritorio -desde hace quince años-, hemos almorzado a la misma hora, en la misma mesa, hicimos la misma fila en la panadería, pero parece que no se han dado por enterados. Son ellos quienes, en lo extenso de la jornada, no retiran la vista del aparatito, no yo el ausente. Resulta que el enajenado soy yo y no la enorme mayoría. Tiendo a pensar que es al revés.
La sensatez -esa pose tan bien ponderada por el capitalismo- no es la mejor amiga de la voluntad. «Vivir sin celular ya no es posible, no alcanza con querer». Y la voluntad -esa cosa tan natural que traemos y que nos tronchan desde muy chiquitos- no es de andar dejándose llevar por que sí nomás, no; tiene más bien tendencia de avanzar, de hacer, de elegir. Hay gente que elige aferrarse a lo primero, al miedo innominado a la desconexión, al terror latente de un abismo sin fondo que no lleva a ningún lado.
«Lo uso para laburar», dicen muchos, sin ofrecer resistencia. Lo uso para esconderme, dicen otros muchos, por lo bajo. Excusas hay, y si no las hay se fabrican unas buenas. Realidades también, y lo que hoy conocemos como celular es una gran herramienta de trabajo que lo ha transformado todo y de la que dependemos cada vez más, sin cuestionarnos mucho.
Dejar de mirar alrededor no es solo culpa del aparatito, es también una opción deliberada, una opción individual. Se puede bajar el volumen, ponerlo boca abajo, y dejar de aspirar ese sobresalto permanente a que nos induce, esa sensación de indefensión constante si no lo tengo en la mano.
Se puede detenerse y respirar, mirar un poco hacia adentro. Desconectarse y volver, o al menos intentarlo. Volver a mirar las cosas, volver a tocarlas. Volver a ver a los otros, volver a escucharlos decir, sonar o reír, toser o cantar. Volver a encontrarse y comparecer.
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