
Me gustan mucho las lucecitas en el balcón de enfrente, pero yo no las pondría, ni en pedo. No quiero llamar la atención. He tenido problemas con los vecinos por el humo del medio tanque, por el ruido, por unas plantas y unas banderas en el balcón. No quisiera que me llamaran la atención de nuevo, no quiero terminar en la comisaría.
Tengo sensaciones encontradas. Reconozco que me gustan, y al mismo tiempo, me resultan innecesarias, anti estéticas. Parece una pose, una búsqueda de un clima de barrio en un lugar inviable, en un reducto ruidoso por excelencia, enemigo de todo descanso y contemplación.
No estamos en Santa Teresa, no estamos en navidad, tampoco en un cumpleaños. No veo la necesidad de tener eso prendido ahí, gastando energía, sin llegar a cumplir la función asignada, afeando aún más la rectitud de aluminio y hormigón terminado a las apuradas, con varillas a la vista y plantas que cuelgan indistintas, indeferentes a toda disquisición.
A decir verdad, son una cagada. Ya fue dicho más arriba, yo no las pondría ni loco, ni le dedicaría mayor atención, ni texto alguno. Solo este descargo abrupto, estos cambios de humor y este aliento bajo cero.
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