Una novela trunca, un obituario que no fue, una crónica inconclusa. Tres proyectos a la basura. Mucho para compartir, mucho para dar, pero sin tener adónde. ¿Un final? En absoluto. La obra se completa en el otro, dicen que alguien dijo alguna vez. Pero sin ese otro, no es más que un borrón en un papel. Ahí quedarán, entre los que se salven del fuego, algunos de mis libros.
Escribir no es autogestión; aspirar a la literatura, tampoco. Yo en eso le creo a don Abelardo Castillo, maestro insospechado. Escribir no es andar mendigando la atención de otro, tampoco es un favor, ni una ofrenda. <<Nadie pidió que retrate nada, así que a rajar de acá.>>
Soy un convencido de que la tarea de un autor no es la promoción, ni la preventa, ni las horas ni los días derrochados en la red de redes tratando de pescar un lector, un conocido, un ida y vuelta. No. La tarea es otra: escribir. Escribir una y mil veces, pero escribir. Sobre lo escrito, lo tachado, lo dicho y lo no. Escribir, sin más. Un autor no tiene que pagar por publicar su trabajo, ni seguir las tendencias del mercado, ni andar cholulo tras los autores de moda.
Son muchas, muchísimas las horas puestas al servicio de un no. Y a menudo uno mismo muerde el anzuelo que tanto desdeña, una y otra vez. Allí se pierden horas divinas en esperas imposibles, en concursos que no salen, en correos que nadie responde, en editores que cierran la puerta si uno no es de su círculo cercano, sin importar la calidad de lo escrito.
Será tiempo entonces de una pausa, de masticar en silencio, de salir por donde vino, sin mirar hacia atrás.
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